Marco teórico










¿Qué debemos entender por Leer?

Hablar, escuchar, leer y escribir son las competencias lingüísticas básicas del ser humano. Estas habilidades comunicativas permiten el desarrollo de la psiquis, del aparato cognitivo  y de la sensibilidad pues el lenguaje es un estructurador y condicionador del pensamiento, tal como sostienen la mayoría de las corrientes de investigación.

El famoso biólogo, psicólogo y epistemólogo Jean Piaget afirmaba al respecto: Sin lenguaje no hay pensamiento. Pensamiento y lenguaje van juntos.”

Siendo así, ¿qué debemos entender por “leer”? ¿Sólo la facultad de sonorizar los signos de una lengua? En todo caso ése es el primer eslabón de un proceso cognitivo realmente complejo aunque no tengamos clara conciencia de tal complejidad, quizá porque adquirimos su mecánica -a veces en forma parcial, otras en su totalidad- desde la infancia.
Luego de decodificar (donde intervienen también el ojo, la atención, la memoria) es necesario adjudicar significados a esos signos gráficos, o sea, comprender elementalmente, lo cual nos genera una anticipación casi automática sobre el contenido del texto, porque se han puesto en movimiento una serie de saberes previos, de experiencias; interpretarlos, es decir, haberlo comprendido con la profundidad necesaria para asociarlos y conformar una opinión personal, una valoración, un juicio.

No se trata de aproximaciones sino de realidades comprobadas; para ilustrar, mencionemos un estudio de la Universidad de Washington a cargo de la psicóloga Nicole K. Speer quien, en un artículo publicado en la revista Psychological Science en el 2009, declara: “Los lectores simulan mentalmente cada nueva situación que se encuentran en una narración. Los detalles de las acciones registrados en el texto se integran en el conocimiento personal de las experiencias pasadas”. La lectura permite, entonces, retomar pensamientos propios y ajenos y re-crearlos.

Sin duda, la densidad del proceso enumerado previamente puede habernos conducido a olvidar algún elemento y ello es otro indicio del ignorado desafío que supone la actividad de leer, operada por el cerebro con total naturalidad y convencionalmente considerada como una simpleza.

Al respecto, el neurólogo Stanislas Dehaene, catedrático de Psicología Cognitiva Experimental del Collège de France afirma, en su libro Les neurones de la lectura: “La capacidad lectora modifica el cerebro”, una aseveración inimaginable décadas atrás, cuando no se conocía la increíble plasticidad de nuestro cerebro.

Por su parte, y coincidiendo con Dehaene, el neurocientífico Alexandre Castro-Caldas y su equipo de la Universidad Católica Portuguesa han demostrado que no sólo hay más materia gris en la cabeza de una persona lectora sino también hay más neuronas en los cerebros que leen; a este dato sumaron otro aún más curioso: al comparar los cerebros de personas analfabetas con los de lectores, se verificó que los analfabetos oyen peor.


Establecido el perfil de una habilidad tan singular y que ejercemos  constantemente en la vida cotidiana con diferentes propósitos, es el momento de preguntarnos 
cuándo se convierte la lectura en terapia, una terapia conocida bajo el nombre de Biblioterapia.

La palabra “biblioterapia” está constituida por la palabra de origen griego “biblos”: libro. Estamos entonces refiriéndonos a una cura a través del libro.

Su aplicación data de la Antigüedad.
En Grecia, las Bibliotecas eran consideradas “la medicina del alma”.
En Egipto, las Bibliotecas estaban ubicadas en templos denominados “Casas de Vida”, por cuanto entendían que constituían centros de conocimiento y espiritualidad; el faraón Ramsés II mandó grabar en el frontispicio de su biblioteca la frase “Remedios para el alma”.
Los romanos recomendaban la lectura de los textos de célebres oradores para generar sentido crítico entre los lectores.
La Edad Media no abandonó esta tradición y se sabe que en intervenciones quirúrgicas se solían leer textos religiosos o profanos para estimular la resistencia del paciente.

Las investigaciones realizadas consignan que el personaje que más contribuyó a la difusión de esta terapia fue el teólogo alemán Georg Heinrich (1667-1728), autor de “Biblioteca de Enfermos”, una obra en la que estudió los efectos maravillosos de la lectura y planteó recomendaciones para su aplicación.

En el siglo XIX, la Biblioterapia empezó a ser empleada en Hospitales Psiquiátricos: en 1810, el norteamericano Benjamín Rusch sugirió la conveniencia de la lectura como auxiliar de la psicoterapia para personas mayores y para quienes sufrieran depresión, fobias, miedos; ya en 1802 había comprobado benignos resultados en pacientes generales.

Recién en 1904, en el Mc Lean Hospitals de Massachussets, se reconoció la Biblioterapia como una rama específica de la Biblioteconomía o Bibliotecología, cuyo campo de estudio es el de los libros, las publicaciones periódicas, la información y la gestión del conocimiento.

No obstante, la consolidación se produjo después de la Segunda Guerra Mundial; entonces, en los países más castigados por la conflagración  se crearon Programas de Lectura supervisados por psiquiatras, psicólogos y bibliotecarios, para los  hospitales que estuvieran munidos de bibliotecas para pacientes.
En los 80, termina de robustecerse  la concepción clínica de la Biblioterapia; mencionan los analistas como factor a considerar para ello el auge de los libros de autoayuda de esa década.
En los 90, aparece la concepción humanística de la Biblioterapia: ya no es apta únicamente para operar como auxiliar de los tratamientos en Instituciones de Salud Mental sino que se la reconoce como un instrumento capaz de fomentar el desarrollo personal en escuelas, bibliotecas públicas o privadas, centros religiosos o comunitarios; un mediador cultural idóneo en Literatura orienta ese proceso socio-educativo.

En definitiva es posible reconocer actualmente que la Biblioterapia cumple ciertas funciones esenciales:

* una función terapéutica:
Es una herramienta útil en la lucha contra las tensiones de la vida cotidiana y actúa como pacificadora de las emociones al realizar la catarsis para el disfrute de las necesidades literarias y estéticas de los seres humanos. Posibilita cambios en la comunicación con los demás, la  expresión adecuada de sentimientos positivos y negativos, mejora la estima y seguridad en sí mismo, ampliando el modelo que se tiene del mundo y encontrando alternativas a la solución de los problemas. Ayuda a construir un espacio de intimidad, aunque se esté compartiendo un espacio público como el de un sanatorio, por ejemplo.

* una función preventiva:
Leer es un ejercicio que cobra gran sentido a pesar de haberse llegado a “la tercera edad”. Neurólogos y psicólogos recomiendan “la lectura como método preventivo del alzheimer u otras enfermedades neurodegenerativas”, señala el doctor Pablo Martínez-Lage, coordinador del Grupo de Estudio de Conductas y Demencias de la Sociedad Española de Neurología. “Cuando una persona comienza a padecer síntomas de demencia y a perder autonomía, influyen dos factores: las lesiones que ha producido la enfermedad y la pérdida de la capacidad de compensar. Compensar es poner a funcionar áreas del cerebro que antes no funcionaban, poner en marcha la reserva cognitiva, es decir, la capacidad intelectual acumulada a lo largo de su vida mediante conocimientos y actividades intelectuales. Para disponer de una buena reserva cognitiva es importante tener una vida intelectualmente activa. Quienes se mantienen mentalmente en forma a lo largo de su vida, corren menos riesgo de padecer alzheimer, parkinson o enfermedades cardiovasculares”, concluye Martínez-Lage.

Asimismo, la lectura previene la degeneración cognitiva: de los adultos mayores se dice que sus recursos cognitivos se reducen, ya que se va limitando la capacidad de procesamiento; no obstante el aprendizaje se ve favorecido por  la aplicación de conocimiento anteriores, y enriquecidos por vivencias  personales.
  

* una función socializadora: es un elemento dinámico de interacción entre el lector, el texto y el oyente, que ayuda al crecimiento emocional y psicológico. Transforma situaciones conflictivas, eleva la autoestima, transmite valores, respeto por otros y por sí mismo, solidaridad, tolerancia, estimula la elaboración de proyectos desarrollando la creatividad.

FUENTES DE ESTE ÍTEM:
EcuRed
www.Biblioposiciones.com
http://www.scielo.org.mx

















 ¿Qué aportes han sido formulados acerca de los beneficios de la Biblioterapia en la calidad de vida del ser humano? 
1-
   

“Soy antropóloga del Centro Nacional para la Investigación Científica, en París, y desde hace once años he concentrado mis investigaciones en torno a la lectura y la relación con los libros y las bibliotecas, especialmente en lugares donde la lectura no es fácilmente accesible – como es el caso de muchas comarcas rurales o, de un modo diferente, de barrios urbanos marginados.
Antes que un enfoque estadístico, puse particular empeño, a lo largo de mis investigaciones, en tomar en cuenta las experiencias singulares de los lectores, escuchándoles hablar en entrevistas amplias, lo más abiertas y libres posibles. En la prolongación de estos trabajos, me he esforzado, estos últimos años, en profundizar el análisis de la contribución de la lectura en la construcción o en la reconstrucción de sí mismo, en particular en los momentos de crisis de identidad.

En los años cincuenta, una joven mujer, Mira Rothemberg, un día se ve obligada a dar clase a un grupo de niños judíos originarios de Europa central, con edades entre once y trece años. Algunos de ellos han nacido en campos de concentración, otros han sido abandonados por sus padres durante la guerra, para darles una oportunidad de escapar a los nazis. Sobrevivieron como pudieron, recogidos durante un tiempo por campesinos o religiosas. Después, tras la guerra, a petición de organizaciones o de sus propias familias, fueron transferidos a Estados Unidos. Son niños con una mirada de piedra, que han construido fortalezas para protegerse de los horrores por los que han pasado; son niños desollados vivos, violentos, que no tienen confianza en nadie. (...)
Cito a Mira:
“Yo debía enseñarles historia, lectura, escritura, aritmética. Yo debía civilizarles, hacerlos aceptables a los ojos de los Estados Unidos de América. Era un chiste amargo y cruel. No aprendían nada. Luego, un día, aprovechando un sosiego en sus arranques de odio, les hablé de los Indios de América. Les conté como esos hombres a los que les perteneció el país habían llegado a ser refugiados en su propio territorio, del cual los habían desposeído. Encontré un libro de poemas de Indios que hablaban de la tierra que amaban, de los animales con los que ellos vivieron, de su fuerza, de su amor, de su odio y de su orgullo. Y de su libertad. Los niños reaccionaron. Algo se había movido en ellos. Los Indios debían experimentar por América lo que ellos mismos sentían por su país de origen. Todos nos convertimos en Indios. Quitamos los muebles de en medio del salón. Instalamos tiendas y pintamos un río sobre el suelo. Construimos unas canoas, unos animales de tamaño natural en papel maché(...). Los niños comenzaron lentamente a liberarse de sus caparazones”.

Aquí vemos que, incluso a los más golpeados, una narración, una metáfora poética, pueden ofrecer un eco de su propia situación, bajo una forma transpuesta.
Un eco de lo que pasa en uno mismo, en las regiones de uno que no pueden ser nombradas. Y esto es abrir un espacio, evitar enloquecer de dolor, suscitar un movimiento psíquico.

Todo esto para hacerles sentir que encontrar un lugar en la sociedad, en un grupo, no pasa necesariamente, como podríamos pensar, por entrar en algo que ya está ahí, por agregarse.

A juzgar por lo que me ha contado la gente que ha podido tener acceso a la lectura en un momento de su vida, un libro, una biblioteca, ayudan sobre todo a crear un espacio, y más aún, allí donde ningún margen de maniobra, ningún territorio personal parece ser permitido. Si hay mediadores que saben bregar para que los libros produzcan menos miedo, si saben lanzar un puente que vincule una biblioteca con un barrio, con un pueblo, los niños, los adolescentes, los adultos querrán agarrarse a alguna cosa. A palabras que uno les diga, a trozos de saber, a una historia que se les lea, o que van a descubrir por ellos mismos, si no les cuesta demasiado trabajo descifrarla. Y esto abrirá un espacio donde las relaciones serán menos salvajes, como mitigadas, mediatizadas por la presencia de estos objetos culturales.

Es como un espacio para tomar un nuevo aire, para reconstruirse, para rehacerse. Allí se perfila otra representación de sí mismo. Pero no es únicamente un escape o un lote de consolación para aquellas y aquellos que se sienten encerrados. Para cada uno de nosotros, este espacio creado por la lectura se aproxima a lo que los psicoanalistas llaman, según Winnicott, el área transicional, esa zona tranquila, sin conflictos, que se inaugura entre el niño y su madre, si el niño se siente en confianza ; ese área de juego en la que el pequeño ser humano inicia su emancipación, comienza a construirse como sujeto, apropiándose de algo que su madre le propone – un objeto, una cancioncita, una historia. El objeto, el relato, la cancioncita, simbolizan la unión de los seres que en adelante estarán diferenciados, restablecen una especie de continuidad, permiten sobrellevar la angustia de separación. Fortalecido con la historia o la cancioncita incorporada, el niño puede alejarse un poco, comenzar a trazar su propio camino, a percibirse como separado, diferente, capaz de crear un pensamiento independiente. Puede elaborar su capacidad de estar solo en presencia del adulto, construir el espacio del secreto: algo se les va de las manos a los adultos, con estos primeros trazos de una interioridad, de una subjetividad, de una capacidad para simbolizar y entrar en relación con los otros, más allá de la unión primera, más allá de los brazos maternos.

Ahora bien, las experiencias culturales no son sino una extensión de estas primeras experiencias de juegos, de vida creadora, de emancipación. Y durante toda la vida, pueden ser vías privilegiadas para hacernos recuperar, tanto ese espacio apacible como la experiencia del niño que, a partir de ese espacio tranquilo, protector, estético, entre su madre y él, se rehace y se vuelve autónomo. Las lecturas «inútiles», las lecturas de obras literarias, tienen aquí una importancia particular. Pues los poetas, los escritores, así como los artistas, conciben sus obras en cercanía de otra actividad del pensamiento, diferente del pensamiento racional, más próxima del ensueño, donde los modos de funcionamiento propios al inconsciente pueden deslizarse. En eco, en la lectura, o en el contacto con las obras artísticas, ese otro registro de pensamiento se ve conmovido : un pensamiento en movimiento, inventivo, con conexiones no esperadas, que transgrede las prohibiciones, peregrina.

De una manera más amplia, como ha anotado Daniel Goldin, y cito, «la lectura es una actividad que manifiesta, construye o cataliza el flujo entre polos que comúnmente se ven sin relación de continuidad». La lectura establece pasarelas entre inconsciente y consciente, entre día y noche, pasado y presente, cuerpo y mente, dentro y fuera, entre presencia y ausencia, razón y emoción, el yo y el otro, etc. Y es propicia al establecimiento de vínculos.

Porque leyendo, o escuchando a una persona que lee, uno experimenta que existe una lengua diferente de la que sirve para la designación inmediata y utilitaria de las cosas : la lengua del relato, de la narración. Otro espacio pues, otro tiempo, pero también otra lengua.

Como ha dicho su compatriota Juan José Millás en un congreso de editores, el año pasado: «La literatura recompone algo que se rompió en época remota. Y en el caos, la escritura devuelve la realidad articulada.» Por el orden secreto que emana de una obra, es como si, de algún modo, el caos de nuestro mundo interior pudiera encontrar forma. Aun más cuando la obra nos devuelve un eco de lo que era indecible, iluminando una parte propia hasta entonces oscura.

Cuando alguien que lee o que frecuenta una biblioteca se desplaza, en un campo u otro de su vida, no se puede contabilizar únicamente un valor añadido «útil» que la lectura le hubiera procurado – en forma de saber, de información, o de un manejo mejor de la lengua. También deben considerarse estas reorganizaciones psíquicas; pues es la elaboración de una posición de sujeto lo que está en juego.
De un sujeto que levanta los ojos de la página, compone en su cabeza frases inéditas, para representarse su vida, hacer de ellas un relato. De un sujeto que, poco a poco, encuentra un lugar en la lengua, inventando sus propias palabras, su propia manera de decir. De un sujeto que construye su historia apoyándose en fragmentos de relatos, de imágenes, de frases escritas por otros y de las que saca fuerza, a veces, para salir de allí donde todo parecía destinarle.

No lo olvidemos, la necesidad de relatos, de narración hace quizás nuestra especificidad humana. Como lo dice el escritor Pascal Quignard :Somos una especie sujeta al relato (...) Nuestra especie parece estar atada a la necesidad de una regurgitación lingüística de su experiencia.” Y agrega: “esa necesidad de relato es particularmente intensa en ciertos momentos de la existencia individual o colectiva, por ejemplo cuando hay depresión o crisis. En ese caso el relato proporciona un recurso casi único.”
Casi de la misma manera, Vladimir Propp decía del relato que éste representaba una tentativa de hacer cara a todo lo que es inesperado o desgraciado en nuestra existencia humana. De hecho, en estos tiempos de desarraigo, de pérdida de muchos puntos de referencia que, hasta ahora, daban sentido a la vida, en esa época en que mucha gente se interroga sobre lo que ahora se llama la «resiliencia» - o sea la capacidad de reconstruirse tras un traumatismo - , los que reflexionan en ello siempre insisten, precisamente, en la importancia de esta puesta en relato de la experiencia propia. De manera más amplia, dado que, mucho más que en el pasado, incumbe a cada uno de nosotros construir el sentido de su vida, y su propia identidad, podemos observar que tanto el sentido como la identidad nos llegan en gran parte de las historias que nos contamos recogiendo fragmentos dispersos.

Desde este punto de vista, me parece que la contribución irremplazable de la literatura, del arte, a la actividad psíquica, al pensamiento, a la vida, simplemente, sigue subestimándose muy a menudo. La literatura, en todas sus formas (poesía, cuentos, novelas, teatro, diarios, tebeos, ensayos – siempre y cuando estén escritos, trabajados -, etc. ) aporta un soporte remarcable para despertar la interioridad, poner en movimiento el pensamiento, relanzar una actividad de simbolización, de construcción de sentido. Lo hemos visto, por ejemplo, en esos adolescentes que evocaba hace un momento, emparedados en el odio o el silencio, y que, a partir de un relato, de una metáfora poética, comienzan a transformarse en los narradores de su propia historia.

No me cansaré de insistir sobre la importancia de estos lazos con un mediador –que muy a menudo es una mediadora, y eso se verifica, una vez más, hoy día –, sobre el impacto de esos momentos de encuentro, de esa posibilidad de ser escuchado, a veces a media voz.

La lectura, y particularmente la lectura de obras literarias, permite así explorar, formalizar, agrandar, reparar el mundo interior. Y en ese mismo movimiento, nos une también al mundo exterior. A cualquier edad la lectura puede ser el momento en el que uno se dice, como el poeta belga Norge: «por suerte somos muchos los que estamos solos en el mundo». Leer es unir, vincular, y en el acto de lectura hay lazos múltiples, con el o la que escribió el libro, con los que lo transmitieron, tradujeron, fabricaron, con el o la que lo propuso – y la lectura puede ser una manera de prolongar esos lazos –, con aquellos cuyas historias están escritas en sus páginas. También con los que ya han leído este libro o lo leerán un día.

Aunque la lectura es, a menudo, algo íntimo y personal, puede también suscitar conversaciones maravillosas que desvelan aspectos de los que habíamos pasado, dan ganas de correr a comprar otros libros, y enseñan el arte de argumentar, de discutir, que a veces no era bien visto en el medio de origen. (...)

Pero si leer puede abrir hacia el otro, no es solamente por los debates que se tejen en torno a los libros. Es también porque al experimentar, en un texto, tanto la verdad íntima como la humanidad compartida con los demás, cambia la relación con el prójimo. Y si cada uno de nosotros lee de cuando en cuando como se chupa el dedo, muchos cuentan como el encuentro de un texto les ha permitido, al contrario, salir de sus únicas preocupaciones. Cómo, paradójicamente, ese gesto solitario, salvaje, asocial, les ha hecho descubrir cuan próximos pueden estar de otros. (...)

Hay en efecto en la lectura, o en la rememoración de obras poéticas, literarias, algunas veces científicas, algo que puede ir mucho más allá de la distracción, o incluso del placer. Algo que tiene que ver con el sentido de la vida, con mantener la dignidad, la humanidad. Con la recomposición de la imagen de uno mismo, ese uno mismo a veces herido en lo más profundo. Y en la lectura, o en la contemplación de obras de arte, hay algo que puede ser profundamente reparador.

Escuchando a los lectores, recordamos que el lenguaje no puede ser reducido a un código, a un simple vehículo de informaciones. El lenguaje nos constituye. En particular, nos permite integrar – un poco- la ausencia, la falta, la pérdida, el exilio - de la misma manera en que la historia que se lee al niño antes de que se duerma le permite atravesar la noche, soportar la separación de sus padres. Dicho de manera más general, la cultura nos protege un poco de la angustia de la separación, de la muerte, nos distancia de nuestros sufrimientos. Hace que el mundo sea más habitable. Por tanto no es un lujo o una coquetería el poder tener acceso a ella, es un derecho – como el derecho de acceder al saber.(...)

Hoy en día, en muchos países, mujeres y hombres eligen, como ustedes hacen, compartir ratos de lectura en pequeños grupos constituidos libremente, y luego se va cada uno a su habitación, llevándose en su ensueño trozos de páginas leídas, de palabras intercambiadas. Gracias a esos intercambios, seguidos de momentos para sí, en soledad, construyen espacios de libertad y a veces de resistencia, contribuyendo al desarrollo de otras formas de lazo social, de espacio público, distintas de aquellas donde se vive pegados unos con otros cerrando filas en torno a un jefe, un campanario, un libro único. O a una pantalla única, cuando ésta, en lugar de hacernos descubrir el mundo, nos encierra en la habitación del vecino, supuestamente para enviarnos nuestra imagen en espejo.

(...) A la aceleración de los cambios, a la pérdida de las referencias tradicionales, a la crisis del sentido, a las confusiones que engendra, nuestras sociedades responden frecuentemente mediante una psicologización intensificada de las relaciones sociales: en mi país, apenas adviene un drama, una catástrofe, el cierre de una empresa, etc. se envían psicólogos para hacer hablar a los que lo han vivido. Luego aquellos se van, dejando a cada uno con su lote de angustias. Y los psicólogos, desde luego, no pueden arreglarlo todo. Como no pueden los profesores o las bibliotecarias. Pero facilitar el acceso a la lectura y en extensivo, a experiencias culturales, puede contribuir a una construcción de sentido, y también a formas de auto reparación, de auto reconstrucción, que tienen además la ventaja de poder procurar, con ciertas condiciones, mucho placer. Contribuir también a hacernos un poco menos dependientes de las narraciones del primer charlatán que pase y que se dedica a curar nuestras heridas con una retórica simplista.

La lectura no puede curar al mundo de sus violencias, pero puede ser una camino privilegiado para descubrirse, construirse, reconstruir una representación de sí a veces magullada en lo más profundo de uno mismo – y de ese modo limitar un poco, quizás, esos terribles fenómenos de repetición, o de identificación con el agresor, en los que se le inflinge a otro lo que uno mismo ha pasado, reproduciendo con tanta frecuencia, de una generación a la siguiente, las mismas tragedias. Y sin ser psicoanalista, todo mediador cultural puede, tal como Mira Rothenberg con los poemas de los indios, o Beatriz Helena Robledo con el Mohán o la Llorona, proponer unas metáforas a partir del campo literario, artístico, científico, del cual él se siente cercano. Unas metáforas de las cuales, acaso, los niños, los adolescentes, se asirán para dar forma a un mundo interior y convertirlo nen más tolerable. Ellos accederán así a otras figuras de identificación distintas al héroe sin falla y sin debilidad, distintas al cantante de rap misógino, accederán a otros bienes culturales diferentes a las imágenes saturadas de violencia y de omnipotencia que les envían numerosos medios de comunicación o juegos electrónicos. Y de paso entenderán que otros antes que ellos conocieron los mismos miedos y supieron transformarlos en obras de arte o en obras científicas. Lo cual es una forma de inscribirse en la sucesión de las generaciones humanas.

Muchas gracias”.

 «Lectura y desarrollo social»
Michèle Petit






"Leo y sueño... Mi lectura sería pues mi impertinente ausencia. ¿La lectura sería un ejercicio de ubicuidad": Experiencia inicial, incluso iniciática: leer es estar en otra parte, allí donde ellos no están, en otro mundo;  es constituir una escena secreta, lugar donde se entra y se sale a voluntad; es crear rincones de sombra y de noche en una existencia sometida a la transparencia tecnocrática y a esta implacable luz que, en Genet, materializa el infierno de la enajenación social. Marguerite Duras lo hacía notar: "Tal vez siempre se lee en la oscuridad... La lectura es un signo de la oscuridad de la noche. Aun si leemos a pleno sol, afuera, la noche se agolpa en derredor del libro".
El lector es el productor de jardines que miniaturizan y cotejan un mundo, Robinson de una isla por descubrir, pero "poseído" también por su propio carnaval que introduce el múltiplo y la diferencia en el sistema escrito de una sociedad y de un texto. Autor novelesco, pues. Se desterritorializa, al oscilar en un no lugar entre lo que inventa y lo que altera. Luego en efecto, como el cazador en el bosque, tiene el escrito a ojo, despista, ríe, da "pasadas", o bien, como jugador, se deja pillar. Luego pierde ahí las seguridades ficticias de la realidad: sus fugas lo exilian de las certezas que colocan al yo en el tablero social. ¿Quién lee en efecto? ¿Soy yo, o qué parte de mí? No soy yo como una verdad sino yo como la incertidumbre de mí, al leer estos textos de la perdición. Cuanto más leo, cuanto más dejo de comprender, cuanto más esto deja de funcionar. (...)
Muy lejos de ser escritores, fundadores de un lugar propio, herederos de labriegos de antaño pero sobre el suelo del lenguaje, cavadores de pozos y constructores de casas, los lectores son viajeros: circulan sobre las tierras del prójimo, nómadas que cazan furtivamente a través de los campos que no han escrito, que roban los bienes de Egipto para disfrutarlos. La escritura acumula, conserva, resiste el tiempo con el establecimiento de un lugar y multiplica su producción con el expansionismo de la reproducción. La lectura no está garantizada contra el deterioro del tiempo (se olvida de sí mismo y se le olvida); no conserva, o conserva mal, su experiencia, y cada uno de los lugares donde pasa es repetición del paraíso perdido”.

Michel De Certeau
La invención de lo cotidiano





“En las personas de la tercera edad, los procesos cognitivos en la senectud se caracterizan por su plasticidad neuronal ya que se ha comprobado que existe una capacidad de reserva en el organismo humano que puede ser activado durante la vejez para compensar o prevenir el declive, es decir, que en edades avanzadas la cognición es entrenable y potenciable. Este hecho abre una nueva vía de intervención ya que significa que es posible rehabilitar y prevenir el deterioro cognitivo. (...)
El Lenguaje es una de las áreas a rehabilitar. Se va a entender lenguaje no solamente al hablado, sino al habla espontánea, denominación de objetos o situaciones, comprensión, repetición, expresión escrita y lectura comprensiva”.


Licda. Marisol Jara Madrigal*
Psicóloga
LA ESTIMULACIÓN COGNITIVA EN PERSONAS ADULTAS MAYORES




“La capacidad de concentrarse en una sola tarea sin interrupciones representa una anomalía en la historia de nuestro desarrollo psicológico. El humano lector surgió de su constante lucha contra la distracción, porque el estado natural del cerebro tiende a despistarse ante cualquier nuevo estímulo. No estar alerta, según la psicología evolutiva, podía costar la vida de nuestros ancestros: si un cazador no atendía a los estímulos que lo rodeaban era devorado o moría de hambre por no saber localizar las fuentes de alimentos. Por ello, permanecer inmóvil concentrado en un proceso como la lectura es antinatural. Ejercitar la mente mediante la lectura favorece la concentración. A pesar de que, tras su aprendizaje, la lectura parece un proceso que ocurre de forma innata en nuestra mente, leer es una actividad antinatural.

Vaughan Bell
Psicólogo e investigador del King’s College de Londres


“Y aunque antes de la lectura, cazadores y artesanos habían cultivado su capacidad de atención, lo cierto es que sólo la actividad lectora exige la concentración profunda al combinar el desciframiento del texto y la interpretación de su significado”
Nicholas Carr en su libro Superficiales (Taurus)




El acto de leer se transforma en lectura al pasar a la dimensión imaginaria, íntima, pues entonces queda fuera de los controles del texto y de la sociedad. La lectura se torna así rebelde y vagabunda, y en tal estado de libertad produce interrelaciones y asociaciones que subvierten las leyes del texto impuestas por el autor, el editor y el censor. Esa lectura, por su autonomía, desvanece el texto, el tiempo y el espacio, logra evadir la relación entre el ojo y el texto, suspende el aprendizaje y sustrae al mundo del circuito de la comunicación. En esas condiciones, la lectura no se revela; antes bien se torna intangible, y posiblemente por esa razón resulta complicado responder a las cuestiones "¿qué es leer?" y "¿qué es la lectura?", porque sólo es posible conocer una parte del acto —lo que el lector sabe antes de leer—, pero en él interviene también la subjetividad del lector: sus expectativas y emociones. Escarpit afirma, por lo tanto, que el acto de leer es un proceso, ante todo, de carácter psicológico, pues implica interrelaciones entre un escritor y un indeterminado número de lectores en ciertas circunstancias. Sin embargo, previamente, como ya señalamos, o quizás al mismo tiempo, concurren las operaciones de desciframiento de códigos que anteceden al del texto para llegar a la lectura crítica, la cual acarrea un trabajo situado más acá: la lectura del contexto, que después traspasará la superficie literal y continuará más allá del momento en que se produce el acto de leer el texto, como un camino para llegar a la lectura que forma, de–forma o trans–forma, pero nada de ello nos alcanza para formular una definición. Así, la analogía más distante puede producir algo porque la lectura es acción que, muy lejos de constituir una actividad pasiva y desconectada, forma parte de la acción.
Así las cosas, queda abierta la búsqueda de nuevos caminos para dar respuestas a las cuestiones aquí planteadas, respecto a leer y lectura, que, como apunta bien Bernard Lahire, son un acto íntimo, una relación amorosa (placeres y odios), cuyo estudio obliga a objetivar razones y explicaciones de una práctica que dista de ser homogénea. En todo lugar y espacio social surge una oposición entre las disposiciones estéticas y la forma artística, por un lado, y, por otro, el contenido y la función de éste —que a veces se privilegian—, además de disposiciones ético–prácticas que rechazan las disociaciones forma–función, forma–contenido, modo de representación–contenido representado. La lectura permite elaborar y reelaborar los esquemas de las experiencias y de la identidad, aunque no todo texto cumple la función de producir experiencias porque se lo impiden el manejo lingüístico y estilístico, así como el patrimonio formado por disposiciones incorporadas en función de experiencias sociales anteriores. Así, la sensibilidad de cada lector frente al texto depende no tanto de correspondencias, situaciones escritas y vividas, sino de las posibilidades que cada quien tiene de leer el texto y de asumir la lectura como una práctica privada o social, características estas que conducen a formular conceptos condicionados a las circunstancias que dificultan su universalización.

Elsa M. Ramírez Leyva*
* Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas de la UNAM, México. 



“UN ACTO NEURONAL E INTELECTUALMENTE TORTUOSO, ENRIQUECIDO TANTO POR LOS IMPREDECIBLES RODEOS DE LAS DEDUCCIONES Y PENSAMIENTOS DE UN LECTOR COMO POR EL MENSAJE QUE LLEGA DIRECTAMENTE AL OJO DESDE EL TEXTO”

Maryanne Wolf
Directora del Centro de Investigación del Lenguaje y la Lectura de la Tufts University de Massachussets



"El sentido de una palabra‟ es la suma de todos los acontecimientos psicológicos que tal palabra despierta en nuestra conciencia" […]
L. Vygotsky




“Entendemos al envejecimiento como un fenómeno que se refiere a los cambios que ocurren a través del ciclo de la vida y que resultan en diferencias entre las generaciones. Es un proceso gradual, de transformaciones a nivel biológico, psicológico y social, que ocurren a través del tiempo. Estas transformaciones son condicionadas, en gran parte, por el ámbito sociocultural de la persona. La vejez es, en este sentido, una construcción social en tanto cada sociedad le asigna un lugar, le atribuye particularidades en sus representaciones y le asigna o niega espacios sociales. (...) La vejez es considerada como una etapa vulnerable por múltiples razones: con su advenimiento, la identidad sufre una crisis que tendrá como desenlace la búsqueda de nuevas opciones, nuevos valores y objetivos de vida. La jubilación, que implica un retiro, no voluntario sino impuesto, de un mundo que por lo menos hasta hace poco tiempo estuvo estructurado alrededor del trabajo asalariado, el debilitamiento de las redes sociales que ello trae aparejado, las dificultades económicas generadas por jubilaciones magras, no cobradas a tiempo, servicios de salud que se restringen, de recreación y ocio que son también puestos en segundo lugar dan sentido a esta vulnerabilidad.
Me interesa en particular rediscutir el concepto de vulnerabilidad  prensándola no sólo en términos de sus carencias y limitaciones, sino como espacio entre la integración por un lado y el riesgo y la contingencia por el otro. Abordarla así pone en juego la responsabilidad de quienes, desde los organismos del Estado pero también desde las instituciones de la sociedad civil, pueden y deben ocuparse de los adultos mayores en tanto ciudadanos y por tanto sujetos de derecho.
Nos preguntamos: ¿Es posible pensar la vulnerabilidad de este grupo social no solo en términos de sus carencias sino también de sus posibilidades? (...)
¿Por qué abocarnos a la educación de los mayores? El arraigo del utilitarismo en la sociedad actual que centra a lo útil como principio de todos los valores, ha llevado a ensalzar lo joven, lo efímero y por tanto a una desvalorización de la vejez”.

Mgr. Susana Berger
La integración de los adultos mayores en la sociedad: sus desafíos.




"Extraño, misterioso consuelo el que da la literatura, peligroso tal vez, tal vez liberador: un salto hacia afuera de las filas de los asesinos".
Franz Kafka




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