lunes, 3 de febrero de 2014

Producción de Talleres (6)



















Quería acaparar toda la atención para mí, quería, realmente quería. Todos tenían que estar viéndome, yo sería el centro, estaba perfectamente posicionado, era yo, era yo, no él, yo, nadie más que yo. Pero él sangraba.


***

No me digas que no pensás en Capote mientras las contás, aquella historia de navidad donde el niño tiene que adivinar la cantidad de monedas del frasco  y lo hace y se las gana y compra regalos para todos sus hermanitos pobres y al final él solo se queda con el frasco y lo usa de pecera para su nuevo y mejor amigo, un pez dorado que nada en círculos y lo acompaña en la pobreza, hambre y frío, no me digas que no te acordás de toda esta historia que te estoy inventando, usando a Capote de referencia solo porque fue más original que Raúl Vicente Trindade a la hora de escoger un nombre.


***

Quiero empezar clases de algún tipo de pintura, témperas, óleos, esmaltado de uñas, no sé, tengo que sacar una parte de mí y tirarla al mar.



Raúl Trindade
Taller de Pasiones Literarias














Centro de Formación Humanística
PERRAS NEGRAS

domingo, 2 de febrero de 2014

“El arte y el amor son las pocas posibilidades de encuentro que el universo presenta” - Alejandro Dolina






Se llamaba Evandro João da Silva.
Era el Coordinador de Proyectos Sociales del Grupo Cultural Afro-Reggae
cuya acción más prominente se viabiliza integrando a niños/as de las favelas 
de Río de Janeiro en el aprendizaje de la Música.
Diego Frazão Torquato era su nombre.
Por "Diego del Violín" empezó a conocerlo
una multitud 
cuando la Orquesta 

de Afro-Reggae
ofrecía sus espectáculos.

Tenía doce años y, desde su corazón 

ya adulto, 
se desgarraba en estas lágrimas
en el homenaje tributado

a su maestro Evandro, 

asesinado en la calle.
Más que a su guía, 

había perdido al ser humano
capaz de haber modificado
su visión y su experiencia de la Vida.
Un año después, Diego enfermó y falleció.





El Arte es cosa seria, señoras y señores, porque, como sostenía George Bernard Shaw“Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma”.



sábado, 1 de febrero de 2014

Producción de Talleres (5)



















Pluma, mujer ajena, mi amante.
El goce de la Pluma,
portokali del alma,
desierto que late vital,


desgarrón que sabe a amor.












Dónde estás, Hsien…
Dónde tu guarida…
Dama montañesa,
furtiva como el lince,
quién te sigue el tranco,
ágil cabra montés.

El amarillo fue tu maestro,
el ciruelo tu instructor,
 el camino, tu amigo.
Yo, qué soy para ti.

A tu paso, puentes
la niebla construye...
puertas en las murallas.
La luna, con sus rayos,
crea mundos para ti.

La “llovizna dorada”
busca siempre tu jardín.
Allí donde el tigre
con el dragón, combaten…
donde la semilla se erotiza
y eclosiona en brote divinal.

Eduardo Varela

De: 
Crear es un placer genial, sensual, nada venial,...
Producción de Talleres
del Centro de Formación Humanística
PERRAS NEGRAS
Editorial Rumbo





"Al menos con mi sombra ya somos dos"- Li Qingzhao
























Confiar el secreto de mi corazón



Al llegar la noche

un poco embriagada

tardé en quitarme los aderezos de mi peinado



la flor del ciruelo

se había marchitado

en mis desordenados cabellos



el sopor del vino

traspasaba mi sueño de primavera

ese sueño que se alejaba

para no regresar



silencio de los hombres dormidos

lentitud de la luna que se pierde

tras la cortina de color esmeralda



entre mis dedos

enrollaba pétalos marchitos



así

se desprendían

sus últimos perfumes



así

se alargaba un poco más

el tiempo






Como en sueños


                    sola
sentada en la ventana
         ¿quién quiere acompañarme?

al menos con mi sombra
                    ya somos dos

            pero anochece

la luz de mi lámpara se extingue

       mi sombra me abandona

¿qué puedo hacer entonces?

                       ¿qué puedo hacer?

¡tanta es la pena que me embarga!



De Poesía Completa
Traducción: Pilar González España
Ediciones del oriente y del mediterráneo, Madrid, 2010

De: ADAMAR Revista de Creación





En la historia de China brilla el nombre de una mujer con luz propia, Li Qingzhao, considerada como la mejor poetisa de la literatura china clásica. Aunque en lengua española ya habíamos tenido la oportunidad de leer algunos de sus poemas seleccionados en alguna que otra antología general de poesía china, esta traducción, realizada por Pilar González España, la primera que presenta una antología personal de la autora, abre un camino para el descubrimiento de otros poetas chinos imprescindibles en el conocimiento de la literatura universal.

La vida de Li Qingzhao transcurrió en una época plagada de convulsiones y de grandes cambios históricos, en la etapa de transición entre la dinastía Song del Norte (1067-1126) y la dinastía Song del Sur (1127-1279). Durante la dinastía Song del Norte se reunificó el desmembrado imperio chino tras la caída de la dinastía Tang en el año 907 y fue uno de los periodos más fructíferos de la historia de China. Pero las continuas guerras desatadas por tres pueblos norteños, los Kitan, los Tangut y los Jurchén (Jin), fueron debilitando lentamente al gobierno de la dinastía Song del Norte, que tuvo que marchar hacia el sur a causa de la paulatina invasión militar de estas tres etnias; finalmente se fundó la dinastía Song del Sur, cuya capital se erigió en la actual Hangzhou.

A Li Qingzhao le tocó vivir durante este período de transición histórica. Nació en la provincia de Shandong, en el seno de una familia de eruditos, lo que le permitió recibir una esmerada educación. Se casó con Zhao Mingchen, bibliófilo de vasta cultura, que compuso junto a su mujer un Catálogo de Inscripciones en Metal y Piedra. El amor que le profesó a su esposo no tuvo límites. Zhao Mingchen, por su profesión, cambiaba de destino continuamente y Li Qingzhao quedaba sola en casa mientras añoraba la llegada de su marido, como se puede observar en sus poemas dedicados a la separación de su ser amado. Por la amenaza de los pueblos bárbaros del norte huyeron hacia el sur. Cuando murió su marido, la poetisa comenzó un largo periplo sin rumbo por tierras del sur, donde murió a los sesenta y ocho años de edad.

Entre la escasa obra que se conserva de Li Qingzhao, hay que destacar los poemas de género "ci" que legó a la posteridad, composición poética en la que ella brilló por excelencia. Durante la dinastía Song, el género "ci", que significa literalmente"canción-palabras", alcanzó su máxima plenitud.

En Poemas escogidos, la traductora ha seleccionado veintisiete poemas de Li Qingzhao, que al mismo tiempo ha dividido en tres partes, según la temática, que corresponden perfectamente a las edades de su vida: poemas de juventud y primavera (diez poemas), poemas de la separación (ocho poemas) y poemas de la vejez y de la muerte (nueve poemas). En los poemas de juventud y primavera, la poetisa canta a la vida y a la juventud, a la belleza y al amor, a la naturaleza y al esplendor de los cuerpos, a la placidez y a la embriaguez que proporciona el vino. En los poemas dedicados a la separación, se escucha una voz melancólica por la ausencia del ser amado, que se encuentra lejos del hogar, percibiéndose en las palabras un tono triste y solitario, pero con cierta luz de esperanza por el futuro reencuentro. En los poemas de la vejez y de la muerte, correspondiente a la última etapa de la vida de Li Qingzhao, cuando ya ha quedado viuda y camina sin rumbo de un lugar a otro por las tierras del sur, la voz de la poetisa está anegada de soledad, tristeza y aflicción, porque es consciente de que los días de la juventud ya se han ido y que los sueños felices se han perdido para siempre; es decir, la conciencia de la vejez y la fugacidad de la vida frente a la naturaleza, que siempre permanece.
Todos los poemas están escritos con gran lirismo y exquisitez, con un dominio excelente de la prosodia del género "ci", en el que el ritmo del verso y la expresión de los sentimientos se aúnan para la creación de un universo poético auténtico y profundo.

La publicación de estos poemas escogidos de Li Qingzhao significa sacar a la luz otra obra imprescindible de la poesía clásica china, especialmente de la dinastía Song, como en su tiempo fue la aparición de los poemas de Su Dongpo, el gran poeta de los Song, del que ya tenemos una traducción al español realizada por Anne-Helène Suárez (Recordando el pasado en el Acantilado Rojo y otros poemas, Madrid, Hiperión, 1992).

JAVIER MARTÍN RÍOS

De: www.chinaviva.com

Desde niña se interesó por la poesía, y sobresalió por su destreza 
en pintura, caligrafía y ajedrez. Era además una notable intérprete de lira.




viernes, 31 de enero de 2014

El lenguaje instrumental no se disfraza para comunicar la realidad



Y por eso: 
























Son cada vez más numerosos los casos en que la redacción de los contenidos repercute negativamente en la evaluación de los conocimientos expuestos. Ninguna Licenciatura ni Doctorado escapa a esta realidad.






Pero, paradójicamente, en el transcurso de sus carreras, los estudiantes rinden pruebas basadas en otras estrategias, como “multiple choice”, por ejemplo, y  van siendo alejados, en consecuencia, de los instrumentos y la práctica escrita del lenguaje académico, imposible de asimilar sólo a través de las lecturas propias de sus áreas de estudio ni aun siendo hablantes de reconocida solvencia oral.

La oralidad y la escritura son códigos diferentes; la escritura no-literaria, un subcódigo específico.

Al borde de la culminación de ese extenso trayecto, el sistema aplica con legitimada ferocidad otra táctica; que se designe “monografía, tesina o tesis” la prueba impuesta, no amortigua la incongruencia de este salto cualitativo.
















CONTACTOS:

literaturaenprimavera@gmail.com

098 466 781
095 906 118
(de 13.00 a 22.00)


Más allá de las fronteras geográficas y culturales: Kenzaburo Oé y Adriana Riotorto, una misma sensibilidad.





Ayer les presentábamos a Adriana, coautora de “Señas de amor”, una obra no ficcional a través de la cual apenas podemos aproximarnos al mundo interior adolorido pero luminoso de la madre de una hija sorda.

Hoy queremos compartir con ustedes la historia de un hombre poco conocido quizás, a pesar de haberle sido concedido el Premio Nobel de Literatura en 1994; un escritor que también ha producido obras no ficcionales, impelido por la emoción sacudidora de un hijo nacido con una grave afección.


La siguiente entrevista será la mejor portadora de Kenzaburo Oé:


Entrevista al Nobel japonés Kenzaburo Oé
“Me di cuenta de que no podría escribir nunca más sin referirme a mi hijo, y lo convertí en el centro de mi obra”.

Por: Xavi Ayé

Cuando, en 1963, nació su hijo discapacitado, Kenzaburo Oé se fue a Hiroshima a empaparse de dolor humano. Todavía hoy, sus ojos miran muy lejos cuando piensa en aquello. “Hikari sufrió una operación a vida o muerte –nos cuenta ahora, ante una taza de té humeante, en el sofá de su casa de Tokio-, pues había que extirparle un bulto de color rojo brillante, tan grande como una segunda cabeza, adherido a la parte posterior de su cráneo”.

El resultado de la intervención fue una discapacidad mental irreversible. La reacción de Oé fue entonces viajar a Hiroshima para explorar el sufrimiento. Un irrefrenable impulso interno le empujó a conocer los efectos de la bomba atómica de 1945, y a entrevistar a los supervivientes del infierno. De ahí surgieron sus Notas sobre Hiroshima”. “Fue el viaje más extenuante y depresivo de mi vida. Pero, al cabo de  una semana de estar allí, encontré la llave para salir del profundo pozo neurótico y decadente en el que había caído: la profunda humanidad de sus gentes. Quedé impresionado por su coraje, su manera de vivir y de pensar. Aunque parezca raro, fui yo el que salí de allí animado por ellos, y no al revés. Vinculé mi dolor personal al de aquellos hombres y mujeres, decidí resistir y luchar como ellos. Me sentí impelido a examinar mi completa condición humana, reexaminé mis ideas y asumí un sentido moral de la existencia. Desde aquel día, miro el mundo con los ojos de las gentes de Hiroshima. Tras esa visita inicial, he regresado en múltiples ocasiones. A menudo he sido golpeado por las noticias de que alguno de mis nuevos amigos había muerto, a consecuencia de las secuelas de la explosión. Muchos de ellos no querían publicidad, ni que se les recordara continuamente su condición de víctimas, necesitaban poder construir una nueva vida sin la presencia constante de aquel horror. Pero Hiroshima, para mí, no se acabó con aquel libro, es una presencia que me acompaña constantemente, y que hay que ser a la vez ciego y mudo para silenciar. He asistido a muchos funerales, entre ellos el de la viuda del poeta Sankichi Toge, quien escribió versos excelentes sobre la miseria de la bomba atómica y sobre la dignidad de la gente que decidió resistir a los contratiempos. Su viuda se suicidó tras el shock que le produjeron los actos vandálicos contra un monumento con la inscripción de un poema de su marido. Toge escribió:

‘Devuélvanme a mi padre, devuélvanme a mi madre /

Devuélvanme a mi abuelo y a mi abuela; /

Devuélvanme a mis hijos y a mis hijas. /



Devuélvanme a mí mismo. /

Devuélvanme a la raza humana. /



Mientras esta vida dure, esta vida,

Devuélvanme la paz /

Que nunca se acabe’”.


“Mientras permanezca el recuerdo de la tragedia de personas como estas, ¿cómo podría Hiroshima desparecer de nuestros corazones?”.


Estamos sentados en el comedor de la casa del premio Nobel de literatura de 1994, Kenzaburo Oé. Megalópolis de Tokio, barrio residencial de Setagaya. La tranquilidad zen de esta sala tiene poco que ver con lo que vimos por la ventanilla del taxi que nos trajo aquí: enormes rascacielos grises muy pegados a veloces autopistas de tres y cuatro pisos. Hombres con traje y corbata -todos con el mismo traje- que andaban muy rápidamente hacia el trabajo. Luces de pequeños comercios abiertos 24 horas que venden a la vez carne, reproductores MP3 y ropa interior. El taxista se hizo un lío con la dirección de Oé, porque en Tokio las calles no tienen números. Para orientarse, la gente se guía por los dibujitos de los planos que aparecen en las tarjetas de visita, que indican los establecimientos al lado de la vivienda que se busca (‘floristería’, ‘hotel’…). Pero en Setagaya sólo hay casitas, y el plano no ayudaba mucho. Al final, el conductor nos dejó en una esquina: “Debe de ser por aquí”, y desapareció con una sonrisa. Deambulamos un rato por calles sin nombre y jardines con árboles muy bien podados, pero ensombrecidos por una tupida y caótica red de tendido eléctrico que afea toda la zona. Y, al doblar una esquina, divisamos al fondo a un hombre que agitaba sus brazos como aspas. “¡Aquí, aquí!”. Era Kenzaburo Oé.

Tras dejar los zapatos en la entrada de su casa, franqueamos la puerta del comedor, y alguien nos gritó, en español: “¡¿Cóooo-mo es-tán, amigos?!”. Era Hikari, el hijo de Kenzaburo Oé, ese personaje llamado Eeyore en las novelas de su padre. “Ha aprendido unas cuantas frases en un programa nocturno de idiomas que dan por la televisión japonesa”, nos reveló Oé, quien ahora, mientras su mujer nos sirve café, bocadillos y tarta de queso, recuerda que, aquel año de 1963, al volver de Hiroshima, “me di cuenta de que no podría escribir nunca más sin referirme a mi hijo, y lo convertí en el centro de mi obra”. De hecho, “¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!”, recién publicado por Seix Barral, es la historia de la difícil relación entre padre e hijo, que incluye agresiones y momentos de gran fatiga junto con escenas luminosas donde el amor paternofilial brilla con gran potencia.


Oé nos responde mientras Hikari, en la mesa de al lado, escucha música. Nuestra presencia es una interrupción de su muy regulada cotidianeidad: “Me levanto a las siete de la mañana, nunca desayuno. Durante cuatro o cinco horas trabajo. Luego, después de comer, vuelvo a trabajar de una a cinco. Y después me voy a la piscina a nadar. Cuando vuelvo, ceno con mi mujer y mi hijo y me acuesto. Escribo siempre aquí, en el comedor, mientras Hikari ve la tele o escucha discos. No me importuna. Mi mundo no se deja perturbar por otros paralelos”.


El jardín está repleto de comederos y casitas para pájaros, que vienen todos los días a saciar su apetito. El premio Nobel se queda mirando uno con el plumaje en blanco y negro: “Es un shiju-kara… Sentimos mucho afecto hacia los pájaros, los cuidamos como si fueran de la familia, porque fue gracias a ellos que mi hijo habló. Creíamos que tal vez jamás hablaría, pero yo le ponía discos con los cantos de las diferentes especies de aves y una voz humana que las nombraba, para que aprendiera a identificarlas… y al final, un día, al oír el gorjeo de uno en el jardín, lo llamó por su nombre. Durante un tiempo, sólo respondía a los pájaros, no a las personas”.

“¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!” es el primer libro de no ficción de Oé que se publica en España. “Es lo más importante que he escrito y refleja el proceso, primero, de aceptación de mi hijo y, después, de cómo llegamos a ser felices juntos. Todos los hechos son reales, pero se narran de manera novelística, con estilo literario”. Además de Hikari, el otro eje de la obra son los versos del poeta romántico inglés William Blake: Dibujo dos mundos, el de los poemas de Blake y el de mi familia, que se van solapando, y a través de un juego de espejos llegan a unirse formando una sola realidad, porque no es tan fácil decir dónde está la frontera entre lo que vivimos y lo que leemos”.

De hecho, tenemos la sensación, sentados en el sofá del comedor que hemos visto descrito tantas veces en “Despertad…”, de haber entrado en el libro y estar entrevistando a sus personajes. En la minicadena, suena una melodía compuesta por Hikari, que, aunque actúa como un niño la mayor parte del tiempo, se expresa profundamente a través de la música. Tanto que se ha convertido en un compositor de éxito. “Algunos discos suyos se han vendido más que ciertos libros míos –comenta, complacido, el escritor-. Esta es una pieza que compuso para mí en mi 70 cumpleaños, en enero del 2005. Es un tema para animar al padre, para que siga escribiendo y feliz a pesar de sus 70 años. Los dos hemos estado siempre dándonos ánimos mutuamente, uno con la música, otro con la escritura. De hecho, conozco su profundidad interior gracias a su música”.


Oé coge un libro de su biblioteca y nos recita, en inglés, una parte del poema “Milton” de Blake: “‘¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era! ¡Oponed vuestras frentes a los ignorantes mercenarios! Pues tenemos mercenarios en el campamento, en la corte y en la universidad: los cuales, si pudieran, rebajarían lo mental para siempre y prolongarían la guerra corpórea’. Ese es el mensaje que me gustaría transmitir a la juventud. Estoy en contra del concepto de ejército, un grupo de personas que no se mueven según su conciencia sino siguiendo las órdenes de otras personas. Desgraciadamente, en la sociedad japonesa actual, ya no solamente en el ejército, sino también en el trabajo, hay muy pocos que tengan conciencia propia, que sean independientes a nivel mental. Defiendo la existencia del individuo como ente pensante autónomo, que no tiene por qué coincidir con las ideas de la gente que le rodea. Esto aparece en el poema de Blake, y sirve para los jóvenes de España y también para los jóvenes estadounidenses que se enrolan en el ejército sin pensar”.

Un contratiempo interrumpe nuestra conversación. Oé recibe una llamada que le informa de que su conferencia del día siguiente en defensa de los valores pacifistas de la Constitución japonesa no va a poder celebrarse en el hotel previsto. “Tendrán que acompañarme… Al tener noticia del contenido de mi charla, la dirección del hotel ha rechazado acogernos. Pero el gerente me convoca a una reunión para ayudarme a encontrar urgentemente otro emplazamiento”. Así que hay que partir hacia allá y, para aprovechar gráficamente el desplazamiento, le pedimos a Oé que lo haga en metro.

-¿En metro? Es algo excepcional, hace diez años que no lo utilizo, pero si ese es su deseo…

Si en la casa de Oé nos sentíamos inmersos en “¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era”, en el metro hemos saltado a uno de los escenarios de “Salto mortal”, la obra inspirada en el atentado terrorista con gas sarín que, en 1995, aterrorizó a esta ciudad. ¿Se ha superado ya aquel miedo?La gente ya no piensa en eso -responde Oé, mientras contempla curioso a una mujer cuyo kimono barre el andén-, ahora lo que más preocupa es un  inminente gran terremoto que, al parecer, se va a producir en Tokio. Los expertos calculan que hay un 70% de posibilidades de que, en los próximos treinta años, advenga esa catástrofe, que causaría unos 13.000 muertos”.

Llega el tren, uno de cuyos vagones, de color rosa, es “sólo para mujeres”, ya que, en las aglomeraciones de las horas punta, los toqueteos que algunas sufrían se habían convertido en un problema. La curiosa solución fue habilitar un espacio exclusivo para ellas. Nos sentamos, pues, en un vagón “masculino”, con decenas de hombres vestidos de nuevo con el mismo traje oscuro. Algunos beben complejos vitamínicos y otros muchos duermen. Los trabajadores japoneses sólo tienen una semana al año de vacaciones, y su jornada laboral es muy larga. Todo ello, sin contar que los desplazamientos al lugar de trabajo oscilan entre una y tres horas.

“Un atentado terrorista que recuerdo muchísimo –continúa Oé- es el 11-M de Madrid porque, muy pocos días después, aterricé en España para presentar un libro. Yo tenía una imagen de los españoles como personas muy alegres, fiesteras, con un corazón apasionado, muchas risas… En fin, un país lleno de sol, luz y bullicio. Y, de repente, me encontré con una gran concentración de gente que desfilaba en silencio, triste, con unas expresiones oscuras que me recordaban al Quijote de los  últimos capítulos, donde ya está decaído y desencantado. Vi también el poder del pueblo para manejar un país de manera democrática y votar una alternativa de izquierdas. Eso es envidiable, porque en Japón los partidos de izquierda están muy debilitados, cuentan con muy poquitos escaños, y encima con tendencia a la baja…”

El terrorismo, la guerra, las relaciones personales destructivas… La violencia está siempre presente en las novelas de Oé. “Espero que no sea posible malinterpretar eso –responde-. No canto a la violencia, la reflejo con mis artificios de escritor de la manera más realista, gráfica y visual, de un modo objetivo, como si se tratara de un documental, para que luego el lector se pregunte a qué puede conducirnos eso”. ¿Y la sexualidad? “En mi país, está muy reprimida, no se expresa de manera libre, hay un gran pudor. Yo hablo de una sexualidad feliz, donde el joven se libera para expresarse al cien por cien a través de ella. Ese tema está más presente en mis primeros libros, porque ahora, de mayor, el sexo no es lo que me quita el sueño, ¿verdad?”.

Finalmente, llegamos al hotel que ha vetado al premio Nobel. Se trata, curiosamente, del Century Hyatt, el lujoso establecimiento donde se rodó “Lost in translation”, el célebre filme de Sofia Coppola. En la negociación con la gerencia del hotel –a la que no podemos asistir-, ésta se deshace en excusas. Según nos cuenta Oé después, “se sentían culpables. Es inconcebible que me cambien las condiciones con tan poca antelación. Lugares así, conservadores, incluso en una gran ciudad como Tokio, me rechazan. La razón que me han dado es que en este hotel no se permite llevar a cabo mítines políticos. Pero estoy contento porque se han esforzado por encontrarme un lugar alternativo, que, en realidad, es incluso mejor… y diez veces menos caro”. Nos sorprende la extrema cortesía y las efusivas sonrisas con que se ha solucionado el conflicto, pero nuestro intérprete del japonés, Jordi Tordera, nos confirma que es ese el procedimiento habitual. Tordera es un valenciano tan integrado en la cultura local que casi parece hablar otro idioma cuando traslada al español toda la dulzura oriental.

Frente al enorme edificio del Gobierno, cercano al hotel, Oé vuelve a hablarnos de su relación con el dolor. “Desde niño tengo interés en cómo nuestro limitado cuerpo encaja el sufrimiento. De pequeño, yo iba a pescar. Y me fijaba en el pez con el anzuelo clavado, que se movía mucho. Sufre horrores, pero en silencio: no grita. El niño que yo era pensaba: ¡cuánto dolor inexpresado! Ese fue el primer estímulo que me llevó a ser escritor, porque pensé que los niños tampoco podíamos hacernos entender bien. Me hice escritor para reflejar el dolor de un pez. Y hoy me siento, sobre todo, un profesional de la expresión del dolor humano, al que persigo mostrar con la mayor precisión posible”.

Mientras nos dirigimos al concurrido templo budista de Asakusa, el escritor cae en la cuenta de que hoy es el día de la cultura, en que el emperador otorga un premio a una trayectoria cultural ejemplar. “Es un premio muy codiciado, porque te da derecho a una pensión. Yo lo rechacé. Cuando era pequeño, viví cómo se consideraba al emperador una deidad, en el marco de un nacionalismo muy fuerte. Y eso me da miedo, es lo opuesto a la democracia. Para mí, rechazar ese premio era rechazar la potestad del emperador para reconocer mi obra y darme un galardón. ¿Quién es él para decir que soy un buen escritor? A pesar de que renuncié a mi paga, grupos de ultraderecha y de derecha se manifestaron frente a mi casa: ‘¡Usted no es japonés!’, gritaban, ‘¿Para que tiene esas orejas tan grandes si no sabe escuchar!’… Salió mi mujer indignada y, con una voz más fuerte que los megáfonos, les gritó: ‘¡Pichacortas!’. A mi hijo le impactó tanto esa expresión que la memorizó y durante algún tiempo la estuvo repitiendo, incluso en las situaciones más inoportunas”.

Asakusa, un bullicioso ir y venir de turistas y fieles, es “un lugar muy importante para la fe. Yo no soy una persona religiosa, ni siquiera creyente. Pero, de pequeño, escuchaba las historias animistas de mi madre y mi abuelo, que rezaban a las fuerzas de la naturaleza. También he leído el Corán, la Biblia, la ‘Divina Comedia’, a Blake…”. Oé apuesta por la religiosidad privada que simboliza este lugar, frente al ultranacionalismo del templo sintoísta de Yasukuni, “un lugar que visita de vez en cuando nuestro primer ministro, Koizumi, a pesar de que en él están enterrados varios criminales de guerra. Todo hace temer que este hombre se va a aprovechar de su enorme popularidad para transformar el fervor hacia él en un peligroso nacionalismo”.

Al salir del templo, Oé nos lleva a una taberna tradicional “a beber un poquito”. Aunque se nos clavan las miradas de las mesas vecinas, él las elude sentándose de espaldas a ellas, en una mesa del rincón. “Me gusta la cerveza tibia -sonríe-, combinada con los chupitos, echo un chupito en la cerveza y me la bebo. Antes iba mucho a los bares, con gente de las editoriales, pero siempre acababa peleándome porque me decían que mi forma de escribir no era buena, y yo me enfadaba. Los escritores mayores me pinchaban con eso…”.

La botella de sake se va acabando al tiempo que la luz diurna abandona las calles de Tokio. Al salir de la taberna, Oé decide, insólitamente, volver a su casa en metro. ¿Pero no nos dijo que nunca lo toma? “Cuando era joven e iba en transporte público, aprovechaba el trayecto para escribir un diario. Hoy me apetece recordar esos días. Tomaré el metro y escribiré todo lo que me ha pasado durante el día con ustedes”. Mientras la escalerilla mecánica lo hace desaparecer en el subsuelo, mueve su brazo derecho y nos grita: “¡Adiós, amigos!”.










Entre las obras ficcionales (pero siempre teñidas de autobiografismo) escritas por Kenzaburo, recomendamos ésta, de fácil acceso en la Web. 

También encontrarán material de crítica literaria con respecto a ella.
Por supuesto, hallarán otros títulos, todos muy recomendables (la idea es leer, ¿no?), aunque nunca seremos los/as mismos/as después de ello.




martes, 28 de enero de 2014

Producción de Talleres (4)




















El adivino
   

Como gitano de cuna, Antonio conocía todas las artimañas habidas y por haber. Sagaz, perspicaz, de fácil labia, era amo de mil artilugios.

No tenía temor a nada ni a nadie. Tampoco creía en sí mismo, ni en el bien ni el mal. El dinero era su único dios, el santo y versátil dinero que fluctuaba en sus manos por poco tiempo.

Timador profesional en las lides del amor y en las timbas clandestinas, con amenazas, conjuros y maldiciones convencía a cuanto incauto se le cruzaba, pues no desconocía las supersticiones y temores innatos de la persona común hacia el ocultismo. Si alguien se negaba o simplemente no creía en sus profecías, les mascullaba algunas palabrejas que ninguno entendía pero que, invariablemente, les hechizaba la voluntad.
Los pocos pacientes que, vaya a saber por qué causas del destino acudían confiados, le despertaban risa al percibir el miedo que les ocasionaba, producto de sigilosas averiguaciones previas que realizaba sobre ellos. Por eso solía transitar por los caminos perdidos y alejados de las grandes ciudades: la gente campesina era más fácil de envolver; ninguno se daba cuenta de que parte de las videncias estaba preparada. Sin embargo, sus manos tiraban con maestría las barajas del tarot.


Conducía un carromato vetusto, desvencijado, oscuro, al tiro de una yunta de burros viejos y de mal carácter. En él llevaba sus petates: potiches con hierbas exóticas, brebajes traídos desde más allá de las montañas habitadas por los monjes tibetanos, naipes de variada estirpe, algunas prendas descoloridas pero todavía útiles para complementar el oficio.

Su cuerpo también estaba experimentando el paso del tiempo. Ya no era el mozalbete gallardo y guapo que había provocado suspiros en las féminas de los más diversos lugares visitados.

Esa noche era calma pero se sentía cansado. Contemplaba el fuego, que parecía crepitar más que nunca: a la luz de las llamas que trazaban una extraña danza, sus párpados mostraban el trajín de la vida y de esa jornada. Habían sido duras. No había tenido mucha suerte ese día en el pueblo: demasiado pequeño, poca gente, pocos clientes. Mientras acariciaba el mazo de cartas, recordó que a su paso por la calleja principal se cerraban puertas y ventanas.

Pensó entonces que hacía mucho tiempo que no consultaba su propia suerte.
Una y otra vez tira… tira... tira… y siempre el mismo resultado… ¡Qué extraño!
De pronto los personajes de las cartas cobran vida. Amenazadores avanzan hacia él. El loco le hace muecas; burlas la muerte, quien con su dedo descarnado lo llama.
El zorro lo quiere atacar…lo mismo el oso…que se agiganta y le tira zarpazos. Las estrellas y la luna bajan  a una velocidad que impresiona.
Le zumban los oídos.
Las flamas se estiran, se vuelven cuerpo, el cuerpo del diablo que, a carcajadas, apoyado en sus torpes patas de cabra, se aproxima.
Antonio grita… grita… Pide socorro, aterrorizado. Se arranca del cuello el crucifijo e intenta impedir su avance; ruega a Dios que sólo sea una pesadilla, que amanezca pronto…

El trinar de cientos de pájaros anuncia la llegada del día. La quietud del campamento se ilumina. El silencio detiene a un forastero que se pregunta qué ha pasado allí: hay muchas barajas desparramadas; están tajeadas. Más adelante, un cuerpo, rígido, conturbado; las manos aferradas a una cruz y a una botella  medio vacía. “¡Qué color raro el de esa bebida! ¡Azul! ¿Qué habrá tomado este pobre tipo? Tiene una mirada de tanto espanto. Habrá que avisar a la policía…
  
Dharma ganesha



Todo lo que es Arte ha sido mi inquietud desde muy niña. Comencé primeramente con dibujos.
A los 4 años me enseñó mi madre a leer pues quería aprender; así cuando entré al colegio privado, sabía leer correctamente y escribir bastante bien. Cuando comencé con las redacciones escolares ya me di cuenta de que tenía facilidad para hacerlo. Y empecé a escribir para mí. Luego me acerqué a talleres y talleristas, lo que me dio el impulso para compartir públicamente.
Además dibujo, pinto y hago teatro. Soy profesora de Dibujo y como tal me desempeñé en Secundaria.
En la escritura, busco mi estilo, y trato de transitar por diversas aristas: poemas, cuentos, humor, gótico, lo erótico, en fin... ¿no es una aventura escribir?

Graciela Vargas
(Dharma ganesha)

Taller de Narrativa a Distancia 2014

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