sábado, 28 de diciembre de 2013

“El saber no sólo es objeto de poder; es uno de los instrumentos del poder para ejercer con efectividad el control social”- Michel Foucault



Importancia de la lectura


(...)  Donde más ilustrativa resulta la condición social de la lectura es en su análisis desde la perspectiva de género y de clase social. En un penetrante ensayo Martyn Lyons nos refiere el devenir de la lectura desde esas dos perspectivas. 

El acceso a la educación elemental es relativamente una conquista reciente para las mujeres. Recuerda que a fines del siglo XVIII en las escuelas públicas rusas, sólo el 9% de los estudiantes eran niñas, y lo mismo ocurría en Navarra durante 1807.
En 1872, en Cette, el 94% de los usuarios de las bibliotecas eran hombres, en Pau el 80%, y en Ruán, en 1865, el 88%.

Dice que “El siglo XIX asistió al florecimiento de las revistas femeninas y al surgimiento de un fenómeno comparativamente nuevo: la literata”, pues “Las escritoras, salvajemente censuradas por publicaciones satíricas como Le Charivari, que las tachaba de amenaza para la estabilidad doméstica, dejaron su impronta. La imagen tradicional de la mujer lectora - nos dice- tendía a ser la de una lectora religiosa, devota de su familia, muy lejos de las preocupaciones que agitaban a la vida pública.

Anota que “Aunque las mujeres no eran las únicas que leían novelas, se las consideraba el principal objetivo de la ficción popular y romántica. La feminización del público lector de novelas parecía confirmar los prejuicios imperantes sobre el papel de la mujer y su inteligencia. Se creía que gustaban de la novela porque se las veía como seres dotados de gran imaginación, de limitada capacidad intelectual, frívolos y emocionales. La novela era la antítesis de la literatura práctica e instructiva. Exigía poco, y su único propósito era entretener a los lectores ociosos. Y, sobre todo, la novela pertenecía al ámbito de la imaginación. Los periódicos, que informaban sobre los acontecimientos públicos, constituían por lo general una reserva masculina; las novelas que solían tratar de la vida interior, formaban parte de la vida privada a la que se relegó a las burguesas del siglo XIX.

Esto suponía una amenaza para el marido y padre de familia burgués del siglo XIX: la novela podía excitar las pasiones y exaltar la imaginación femenina. Podía fomentar ciertas ilusiones románticas poco razonables y sugerir veleidades eróticas que hacían peligrar la castidad y el orden de sus hogares. Por ello, la novela del siglo XIX se asoció con las cualidades (supuestamente) femeninas de la irracionalidad y la vulnerabilidad emocional. No fue casual que el adulterio femenino se convirtiera en el argumento arquetípico que simbolizaba la trasgresión social...”

Más adelante señala que “Cuando ambos sexos se mezclaban en calidad de lectores, la mujer solía ocupar una posición sometida a la tutela del varón. En ciertas familias católicas se prohibía a las mujeres leer el periódico. Era corriente que un varón lo leyera en voz alta. Ésta era una tarea que en ocasiones implicaba cierta superioridad moral y el deber de seleccionar o censurar el material apto para los oídos femeninos”.


Más adelante refiere que “En la memoria de muchas mujeres de la clase trabajadora prima el tiempo dedicado a pelar patatas, bordar, hacer pan y jabón. No había tiempo para recrearse. De niñas, recuerdan haber temido el castigo si eran sorprendidas leyendo. Las obligaciones domésticas eran lo primero, y admitir que se leía equivalía a confesar negligencia en el cumplimiento de sus responsabilidades frente a la familia. La imagen ideal de la buena ama de casa parecía incompatible con la lectura”.



Una idea muy generalizada por aquellos tiempos era el convencimiento aristocrático de que no era saludable ni conveniente socialmente el que los plebeyos leyeran: “La lectura es la llave que abre los tesoros de las Sagradas Escrituras, afirma en 1812 un párroco de Oxfordshire, antes de insistir en que la enseñanza de la escritura y la aritmética podía fomentar de un modo peligroso las ilusiones de forjarse una carrera entre los habitantes pobres del campo”



Son bastante conocidas, por lo ampliamente documentadas las luchas de la clase obrera en el mundo por limitar la duración de la jornada de trabajo.
En Inglaterra, a comienzos del siglo XIX la jornada de 14 horas era algo normal, pero hacia 1847 el sector textil ya la había reducido a 10 horas diarias. En la década de 1870, los artesanos londinenses solían trabajar una media de 54 horas semanales. En Alemania, en cambio, la reducción de la jornada a 12 horas sólo se logró lentamente a partir de 1870.

Algunas experiencias de lectores que se hicieron en lucha contra la adversidad de haber nacido en condiciones miserables, y que nos es posible conocer ahora por haberlas superado y llegar a ser personajes conocidos en la historia, nos ilustran de las ventajas de que gozan muchos de nuestros jóvenes estudiantes, verdaderamente privilegiados por lograr acceder a la educación superior, circunstancia que no aprovechan al dejar de lado o frecuentar poco la lectura. “Qué desperdicio, escribe el ebanista James Hopkinson, es la vida de aquel que no tiene un libro predilecto, ningún almacén de ideas o gozosa recolección de lo que ha hecho, experimentado o leído”

“Las autobiografías de los obreros describen su determinación de superar la pobreza y la carencia de medios a fin de llegar a entender su mundo. 
Thomas Wood, mecánico de Yorkshire, alquilaba a los 16 años un periódico por un penique a la semana, cuando el periódico carecía ya de actualidad, y lo leía a la luz de la lumbre porque no se podía permitir una vela... 
Máximo Gorki que carecía de formación, era un ferviente lector en 1887 a pesar de trabajar catorce horas diarias en una panadería de Kazan, uno de los lugares que retrata con ironía en “Mis universidades” Llegó a afirmar “Habría sido capaz de dejarme
torturar por tener la oportunidad de estudiar en una universidad.”

Un caso verdaderamente ilustrativo del esfuerzo por conquistar la capacidad de leer es el de Thomas Cooper, zapatero, dirigente sindicalista en la Inglaterra de mediados del siglo antepasado “... leía cada mañana desde las tres o cuatro de la madrugada hasta las siete, y también durante las comidas, y luego desde las siete de la tarde hasta caer exhausto. Nunca dejaba de recitar algún texto mientras trabajaba en el taller de su patrón. En 1828, a los 21 años, Cooper sufrió un colapso físico por el que se vio obligado a guardar cama durante varios meses”.

Los autodidactas se plegaban a su deseo de estudiar y progresar con una determinación a menudo rayana en la obsesión. De hecho, no podía ser de otro modo si querían superar los obstáculos materiales que les separaban de sus objetivos. La pobreza, la falta de tiempo y de privacidad hacían que el estudio estuviera vedado excepto a los más entregados.

La estrechez de las viviendas obligaba a muchos lectores obreros a estudiar en los bosques y los campos. El obrero y poeta inglés John Clare escribía al aire libre, y allí compuso su obra en secreto. Se escondía detrás de los setos y canales, y pergeñaba sus pensamientos apoyándose en su sombrero.

La falta de luz era otro problema en los hogares obreros. En la Inglaterra de comienzos del siglo XIX las ventanas eran escasas, y las velas muy caras. Para W.E. Adams, “las velas y candiles hacían poco más que dar contorno a la oscuridad”. “Es casi mejor”, prosigue, “que la mayor parte de la población sea iletrada, ya que los incesantes esfuerzos por extraer ventajas de la lectura tras la puesta del sol sin duda habrían arruinado la vista del país entero”

Para finalizar este apartado sobre los condicionamientos de género y clase, con múltiples referencias al ensayo de Martyn Lyons se cita a continuación un párrafo de clausura del tema, del mismo autor: “La mejora de uno mismo – material, moral e intelectual –constituía un objetivo muy exigente. Requería una gran aplicación y capacidad de sacrificio. Había que reservar tiempo para adquirir conocimientos, ahorrar dinero para la compra de libros, sacrificar horas de sueño, arriesgarse a perder salud y amigos en ese impulso guiado por un ferviente deseo por leer y saber más. Este afán de perfeccionamiento a menudo se inspiraba en una fe protestante anticonformista y a menudo iba de la mano de la promesa de abstenerse de beber alcohol. Esto también denota una gran autodisciplina y el deseo de destacar entre los compañeros". 

Estos ejemplos narrados de un texto traducido, sobre personajes y autores poco conocidos en nuestro medio, no son del todo extraños a nuestra historia. Imagínese, por ejemplo, las vicisitudes y problemas que enfrentaron para su formación en el México del siglo XIX, indios puros, nacidos en la más desolada orfandad, como Benito Juárez o Ignacio Manuel Altamirano, liberales ambos y destacados en la historia, como políticos, políglotas, escritores y luchadores sociales. O los casos aun más actuales, porque hasta hace poco todavía estaban entre nosotros, como los de Juan José Arreola, o de Gastón García Cantú, que no tuvieron acceso a la educación primaria y eran al final de sus vidas esclarecedoras eruditos profesores de la Universidad Nacional Autónoma de México, consagrados escritores con una obra traducida a muchos idiomas.

Martyn Lyons: “Los nuevos lectores del siglo XX: Mujeres, niños, obreros” en Guglielmo Cavallo y Roger Chartier Historia de la lectura en el mundo occidental Editorial Santillana S. A. Taurus, 1998, Madrid


De: Rigoberto Lasso Tiscareno



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viernes, 27 de diciembre de 2013

Por las venas del Uruguay corre sangre de todos los sabores














En tiempos pasados, la realidad acuñó la frase “Uruguay, país de inmigrantes”, adjudicable también a otros países latinoamericanos. ¿Quién de nosotras/os no desciende de afros, italianos, españoles, rusos, alemanes y demás naciones europeas que, en momentos aciagos en sus terruños, debieron tomar la dura decisión de emigrar?

Pero la diáspora también nos alcanzó en épocas recientes. ¿Quién de nosotros/as no está desgarrado por la ausencia de un hermano, una tía, un hijo, un amigo, una entrañable compañera de escuela?

En el ámbito pedagógico existe una ley de oro que los docentes no olvidamos: “Con el niño o joven que ingresa a la Institución, ingresa todo su contexto”. En el fenómeno de la migración ocurre lo mismo: toda la cultura propia de la tierra del “peregrino” se instala con él y enriquece el hábitat, hasta que se transforma en un “compatriota”. Horacio Quiroga, otro emigrante, decía:
“-La patria, hijo mío, es el conjunto de nuestros amores. Comienza en el hogar paterno, pero no lo constituye él solo. En el hogar no está nuestro amigo querido. No está el hombre de extraordinario corazón que veneramos y que la vida nos ofrece como ejemplo cada cien años. No está el hombre de altísimo pensamiento que refresca la pesadez de la lucha. No hallamos en el hogar a nuestra novia. Y dondequiera que ellos estén, el paisaje que acaricia sus almas, el aire que circunda sus frentes, los seres humanos que como nosotros han sufrido el influjo de esos nuestros grandes amores, su patria, en fin, es a la vez la patria nuestra. Cada metro cuadrado de tierra ocupado por un hombre de bien es un pedazo de nuestra patria. La patria es un amor y no una obligación. Hasta dondequiera que el alma extienda sus rayos, va la patria con ella”.

En general, estos grupos mantienen vivas sus tradiciones en forma oral y colectiva, aunque la mayoría de las veces hay portavoces vitales, esenciales. Portavoces que con el paso del tiempo van languideciendo... No es frecuente registrar por escrito ni anécdotas, ni odiseas, ni formas artísticas... ni siquiera los platos ancestrales y preferidos por la colectividad. Si en una máxima fueron totalmente asertivos los romanos fue en aquella: “Verba volant, scripta manent”, o sea: “Las palabras dichas vuelan; las escritas permanecen”. En definitiva, todo ese acervo cultural, toda esa Vida, va siendo olvidada, que es la peor forma de negar la identidad, la peor forma que pueda existir de la Nada.

La más sana de las sugerencias para detener ese sutil desvanecimiento de la historia familiar, social y política, no es -como sería predecible- que concurran a un Taller Literario (ésa sería una sugerencia ideal e interesada, por cierto) sino que en cualquier libretita o con un simple grabador, empiecen a registrar esos sucesos íntimos de la familia y de la comunidad, todos los días y cada vez que sea oportuno, aunque no sigan un orden predeterminado en esta primera etapa. Pronto será otra la mirada sobre sus propias huellas y otra la autoestima, otra la satisfacción de lo obrado y otra la calidad de una herencia que no es posible mensurar de otra manera.



Ejemplos contundentes de tan sencilla operación pueden ser, por ejemplo, en principio, las recetas de cocina que dejó anotadas Leonardo Da Vinci, famoso pintor autor de la Última Cena y de tantas otras obras capitales de la cultura renacentista. Durante más de treinta años, Leonardo ejerció como Maestro de Banquetes en la Corte de los Sforza, después de importantes fracasos en restaurantes florentinos junto a su amigo Boticelli.

Veamos cuál fue el menú sugerido para la boda de la sobrina de Ludovico:

- Una anchoa enrollada descansando sobre una rebanada de nabo tallada a semejanza de una rana.

- Otra anchoa enroscada alrededor de un brote de col.

- Una zanahoria, bellamente tallada.

- El corazón de una alcachofa.

- Dos mitades de pepinillo sobre una hoja de lechuga.

- La pechuga de una curruca.

- El huevo de un avefría.

- Los testículos de un cordero con crema fría.

- La pata de una rana sobre una hoja de diente de león.

- La pezuña de una oveja hervida, deshuesada.

El menú fue rechazado aunque Leonardo argumentara muchas veces que “"Hay más belleza en un solo brote de col, y más dignidad en una pequeña zanahoria, que una docena de cuencos dorados llenos a rebosar de carne; hay más sutileza en una vieja ciruela y más alimento en dos judías verdes. ¿Qué he de hacer para mostrárselo a mi señor?"

El hecho es interesante porque nos muestra otra arista insólita pero similar a la de su vocación por la pintura: Leonardo se comportaba como un artista siempre; tenía la sensibilidad de un artista hasta para cocinar.













Muchos escritores, o se iniciaron a partir de simples registros de experiencias reales o, para mostrar otro aspecto del tema gastronómico, incorporaron, y por diversos motivos, recetas culinarias a sus obras. Es el caso de Laura Esquivel en “Como agua para chocolate”. Veamos un fragmento:

Pastel Chabela
II. Febrero

INGREDIENTES:
175 gramos de azúcar granulada de primera
300 gramos de harina de primera,
tamizada tres veces
17 huevos Raspadura de un limón

Manera de hacerse:
En una cacerola se ponen cinco yemas de huevo, cuatro huevos enteros y el azúcar. Se baten hasta que la masa espesa y se le anexan dos huevos enteros más. Se sigue batiendo y cuando vuelve a espesar se le agregan dos huevos completos, repitiendo este paso hasta que se terminan de incorporar todos los huevos, de dos en dos. Para elaborar el pastel de boda de Pedro con Rosaura, Tita y Nacha hablan tenido que multiplicar por diez las cantidades de esta receta, pues en lugar de un pastel para 18 personas tenían que preparar uno para 180.
¡El resultado da 170 huevos! Y esto significaba que habían tenido que tomar medidas para tener reunida esta cantidad de huevos, de excelente calidad, en un mismo día.
Para lograrlo fueron poniendo en conserva desde hacía varias semanas los huevos que ponían las gallinas de mejor calidad. Este método se utilizaba en el rancho desde época inmemorial para proveerse durante el invierno de este nutritivo y necesario alimento. El mejor tiempo para esta operación es por los meses de agosto y septiembre. Los huevos que se destinan a la conservación deben ser muy frescos. Nacha prefería que fueran del mismo día.
Se ponen los huevos en una vasija que se llena de cebo de carnero derretido, próximo a enfriarse, hasta cubrirlos por completo. Esto basta para garantizar su buen estado por varios meses. Ahora, que si se desea conservarlos por más de un año, se colocan los huevos en una orza y se cubren con una lechada de un tanto de cal por diez de agua. Después se tapan muy bien para interceptar el aire y se guardan en la bodega. Tita y Nacha habían elegido la primera opción pues no necesitaban conservar los huevos por tantos meses. Junto a ellas, bajo la mesa de la cocina, tenían la vasija donde los habían puesto y de ahí los tomaban para elaborar el pastel.
El esfuerzo fenomenal que representaba batir tantos huevos empezó a hacer estragos en la mente de Tita cuando iban apenas por los 100 huevos batidos. Le parecía inalcanzable llegar a la cifra de 170.
Tita batía mientras Nacha rompía los cascarones y los incorporaba. Un estremecimiento recorría el cuerpo de Tita y, como vulgarmente se dice, se le ponía la piel de gallina cada vez que se rompía un huevo. Asociaba los blanquillos con los testículos de los pollos a los que habían capado un mes antes. Los capones son gallos castrados que se ponen a engordar. Se eligió este platillo para la boda de Pedro con Rosaura por ser uno de los más prestigiados en las buenas mesas, tanto por el trabajo que implica su preparación como por el extraordinario sabor de los capones.
Desde que se fijó la boda para el 12 de enero se mandaron comprar doscientos pollos a los que se les practicó la operación y se pusieron a engordar de inmediato.
Las encargadas de esta labor fueron Tita y Nacha. Nacha por su experiencia y Tita como castigo por no haber querido estar presente el día en que fueron a pedir la mano de su hermana Rosaura, pretextando una jaqueca.
-No voy a permitir tus desmandadas -le dijo Mamá Elena-, ni voy a permitir que le arruines a tu hermana su boda, con tu actitud de víctima. Desde ahora te vas a encargar de los preparativos para el banquete y cuidadito que yo te vea una mala cara o una lágrima, ¿oíste?
Tita trataba de no olvidar esta advertencia mientras se disponía a iniciar la primera operación. La capada consiste en hacer una incisión en la parte que cubre los testículos del pollo: se mete el dedo para buscarlos y se arrancan. Luego de ejecutado, se cose la herida y se frota con mantequilla fresca o con enjundia de aves. Tita estuvo a punto de perder el sentido, cuando metió el dedo y jaló los testículos del primer pollo. Sus manos temblaban, sudaba copiosamente y el estómago le giraba como un papalote en vuelo. Mamá Elena le lanzó una mirada taladrante y le dijo:
«¿Qué te pasa? ¿Por qué tiemblas, vamos a empezar con problemas?» Tita levantó la vista y la miró. Tenía ganas de gritarle que sí, que había problemas, se había elegido mal al sujeto apropiado para capar, la adecuada era ella, de esta manera habría al menos una justificación real para que le estuviera negado el matrimonio y Rosaura tomara su lugar al lado del hombre que ella amaba. Mamá Elena, leyéndole la mirada, enfureció y le propinó a Tita una bofetada fenomenal que la hizo rodar por el suelo, junto con el pollo, que pereció por la mala operación.
Tita batía y batía con frenesí, como queriendo terminar de una vez por todas con el martirio. Sólo tenía que batir dos huevos más y la masa para el pastel quedaría lista. Era lo único que faltaba, todo lo demás, incluyendo los platillos para una comida de 20 platos y los bocadillos de entrada, estaban listos para el banquete. En la cocina sólo quedaban Tita, Nacha y Mamá Elena. Chencha, Gertrudis y Rosaura estaban dando los últimos toques al vestido de novia. Nacha, con un gran alivio, tomó el penúltimo huevo para partirlo. Tita, con un grito, impidió que lo hiciera.
-¡No!
Suspendió la batida y tomó el huevo entre sus manos. Claramente escuchaba piar a un pollo dentro del cascarón. Acercó el huevo a su oído y escuchó con más fuerza los pillidos. Mamá Elena suspendió su labor y con voz autoritaria preguntó:
-¿Qué pasa? ¿Qué fue ese grito?
(...)


 El siguiente, ya más elaborado, también revela la intención de no dejar escapar esos datos que pertenecen a un ámbito privado a compartir:

Anotaciones para una autobiografía

“Con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica, nací en Toay (La Pampa), y salí sollozando al encuentro de temibles cuadraturas y ansiadas conjunciones que aún ignoraba. Toay es un lugar de médanos andariegos, de cardos errantes, de mendigas con collares de abalorios, de profetas viajeros y casas que desatan sus amarras y se dejan llevar, a la deriva, por el viento alucinado. Al atardecer, cualquier piedra, cualquier pequeño hueso, toma en las planicies un relieve insensato. Las estaciones son excesivas, y las sequías y las heladas también. Cuando llueve, la arena envuelve las gotas con una avidez de pordiosera y las sepulta sin exponerlas a ninguna curiosidad, a ninguna intemperie. Los arqueólogos encontrarán allí las huellas de esas viejas tormentas y un cementerio de pájaros que abandoné. Cualquier radiografía mía testimonia aún ahora esos depósitos irremediables y profundos. Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido. Fui creciendo despacio, con gran prolijidad, casi con esmero, y alcancé las fantásticas dimensiones que actualmente me impiden salir de mi propia jaula. Me alimenté con triángulos rectángulos, bebí estoicamente el aceite hirviendo de las invasiones inglesas, devoré animales mitológicos y me bañe varias veces en el mismo río. Esta última obstinación me lanzó a una fe sin fronteras. En cualquier momento en que la contemple ahora, esta fe flota, como un luminoso precipitado en suspensión, en todos los vasos comunicantes con que brindo por ti, por nosotros y por ellos que son la trinidad de cualquier persona, inclusive de la primera del singular.

En cuanto hablo de mí, se insinúa entre los cortinajes interiores un yo que no me gusta: es algo que se asemeja a un fruto leñoso, del tamaño y la contextura de una nuez. Trato de atraerlo hacia afuera por todos los medios, aun aspirándolo desde el porvenir. Y en cuanto mi yo se asoma, le aplico un golpe seco y preciso para evitar crecimientos invasores, pero también inútiles mutilaciones. Entonces ya puedo ser otra. Ya puedo repetir la operación. Este sencillo juego me ha impedido ramificarme en el orgullo y también en la humildad. Lo cultivé en Bahía Blanca junto a un mar discreto y encerrado, hasta los dieciséis años, y seguí ejerciéndolo en Buenos Aires, hasta la actualidad, sin llegar jamás hasta la verdadera maestría, junto con otras inclinaciones menos laboriosas: la invisibilidad, el desdoblamiento, la traslación por ondas magnéticas y la lectura veloz del pensamiento. Mis poderes son escasos. No he logrado trizar un cristal con la mirada, pero tampoco he conseguido la santidad, ni siquiera a ras del suelo. Mi solidaridad se manifiesta sobre todo por el contagio: padezco de paredes agrietadas, de árbol abatido, de perro muerto, de procesión de antorchas y hasta de flor que crece en el patíbulo. Pero mi peste pertinaz es la palabra. Me punza, me retuerce, me inflama, me desangra, me aniquila. Es inútil que intente fijarla como a un insecto aleteante en el papel. ¡Ay, el papel! "blanca mujer que lee el pensamiento" sin acertar jamás. ¡Ah la vocación obstinada, tenaz, obsesiva como el espejo, que siempre dice "fin"! Cinco libros impresos y dos por revelar, junto con una pieza de teatro que no llega a ser tal, testimonian mi derrota. En cuanto a mi vida, espero prolongarla trescientos cuarenta y nueve años, con fervor de artífice, hasta llegar a ser la manera de saludar de mi tío abuelo o un atardecer rosado sobre el Himalaya, insomne, definitivo. Hasta el momento sólo he conseguido asir por una pluma el tiempo fugitivo y fijar su sombra de madrastra perversa sobre las puertas cerradas de una supuesta y anónima eternidad.  No tengo descendientes. Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros la tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides. ¿Qué más puedo decir? Creo en Dios, en el amor, en la amistad. Me aterran las esponjas que absorben el sol, el misterioso páncreas y el insecto perverso. Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior. ¿Qué más puedo decir? ¿Que soy rica, rica con la riqueza del carbón dispuesto a arder? "

Olga Orozco (Toay, La Pampa, Argentina, 1920-1999)

De: EMMA GUNST













O este pequeño fragmento extraído de un precioso y completo estudio del Profesor Leonardo Garet sobre nuestra poeta salteña Marosa Di Giorgio:

En esos años vivieron en la quinta mis padres, los abuelos, Josefina, melliza de mi madre  y su hija Poupeé y la empleada Magdalena criada por los abuelos, con su hijo Pocho. Llegaron a trabajar con nosotros trece peones. Hermano de Magdalena era Julio, uno de los peones, que de noche tocaba la guitarra para todos nosotros. 

De: http://www.marosadigiorgio.com.uy













En fin, sin sangre no hay vida. Cuando se nos ha concedido el privilegio de que ostente todos los sabores, la consigna es conservarlos. Escribir es el único acto cierto de permanencia. Los invito a quedarse en la única patria, en aquella de la que hablaba Horacio Quiroga, el otro emigrante/inmigrante: en la patria de sus amores. 



miércoles, 25 de diciembre de 2013

“Un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada” - José Agustín Goytisolo


Unívoco, sin duda, el sentido de estas expresiones que pertenecen al poema  Palabras para Julia, bellísima creación dedicada a su hija por el poeta español. 

Hermosas también las interpretaciones musicales que se han producido; seguramente habrán escuchado la de Paco Ibáñez o la de Mercedes Sosa o la del uruguayo Jorge Nasser.

Escuchemos la versión del poema por su propio autor y luego, la musicalizada por Paco.






Precioso material para trabajar, por ejemplo,  en una Sesión de Taller de Lectura, ¿verdad?

Si compartís esta apreciación, te invito a tener en cuenta las siguientes promociones:






   


VÁLIDAS HASTA EL 18 de ENERO/ 2014 
MEDIANTE INSCRIPCIÓN   
(aunque el inicio sea diferido hasta marzo) :


*   Grupo de Lectura, de diez (10) personas, hora y media semanal, a domicilio, Salón Comunitario o Centro de Residentes del Interior: 
$ 3500 mensuales por el colectivo.

**  Taller de Literatura, mínimo de seis (6) personas, hora y media semanal, a domicilio, Salón Comunitario o Centro de Residentes: 
$ 2700 mensuales por dicho colectivo.

***  Taller Literario, de seis (6) personas, hora y media semanal, a domicilio, Salón Comunitario o Centro de Residentes:
$ 3600 mensuales (a razón de $600 por persona).


Contacto:
                  literaturaenprimavera@gmail.com

                      098 466 781   
                   095 906 118 
   (a partir de las 13.00 horas)



Para mi hija Magdalena



No creas no
en la palabra que se da por compromiso,
es inútil intentar la aventura de la vida
si no surge de tu corazón.
No reniegues no
de tu tibia inexperiencia,
la inocencia es lo único que te sostiene en las tormentas.

No inquieras no
sin fundamento a la noche,
ella sólo tiene respuestas para los desesperados.
No escuches no
a las descascaradas voces
que temen lo desconocido,
tú búsqueda es la esencia de lo que eres.

No digas no
a la vida,
ella es la única que tiene derecho a negarse.
Eres el día y la noche,
el sol y la luna
y todo lo que te sucede le sucede al universo.
Eres el prisma a través del cual resucitan los muertos.


Daniel Chirom (argentino)

De: blogdelamasijo.blogspot.com





sábado, 21 de diciembre de 2013

“Mis recuerdos ya son mayoría frente a mis posibles sueños”- Raúl Zurita










       En semanas recientes se celebró en Montevideo el Mundial de Poesía, al que concurrieron poetas de renombre, entre ellos Raúl Zurita.

Según la información de Caras y Caretas, “hace exactamente veinte años, los suficientes para que la memoria le imprima carácter de leyenda, Luis Bravo, Maca y otros poetas montevideanos lograron armar la quimera de un festival de poesía de la ciudad. El contexto de la posdictadura permitió que coincidiera la experiencia autogestionaria de la editorial independiente Ediciones de Uno con los ciclos de poesía leída y performances en pubs como Amarcord, Laberinto y Juntacadáveres. Había ebullición, ruido, se buscaban espacios para la poesía, que se jugaba más allá del papel en otros territorios, en las búsquedas escénicas del propio Bravo, Héctor Bardanca, Lalo Barrubia, Clemente Padín, Luis Pereira, Gabriel Richieri y Los Malditos, Julio Inverso, la propia Marosa di Giorgio con sus rituales.

Así nació un primer festival en 1993, luego habría un segundo en 2006, y en el medio, actividades dispersas pero que aún resuenan: los “asaltos” poéticos al Cabildo y a la Estación Central, por poner dos ejemplos, y más acá en el tiempo la movida de lecturas que propició el Festival Eñe. Sin embargo, en la ciudad, en los bordes de las editoriales y la escasa ayuda pública, la poesía continuó en el margen, manteniéndose en ediciones de autor y ciclos de lectura en pubs. Poco a poco fue haciéndose un lugar, un territorio de camaradería poética, en el bar La Ronda –más precisamente en el espacio Cheesecake–, gestionado por el poeta Martín Barea Mattos. Y nuevamente la quimera, el sueño: armar un festival de la ciudad.

“Todo esto nació en una trasnochada idea luego de Ronda de Poetas, en 2011”, cuenta Barea Mattos. En lugar de dejarla como una idea de bar, se puso a trabajar, a diseñar el concepto de un mundial poético en Montevideo. La oportunidad concreta la dio el marco de la ciudad como Capital Iberoamericana en este 2013. Entre los conceptos que barajó y se mantienen inalterables está el de “acción pura” de la palabra poética en el espacio performático y sin programar mesas redondas ni conferencias. “El hecho de que el festival sea casi pura acción se debe al carácter fundacional. Hay en esta primera edición una urgencia de reunión, de encuentro. No hay un guion curaturial más trascendente que el hecho en sí. Por supuesto que hay presencias relevantes, como las de [Raúl] Zurita o [John] Bennett, pero tampoco es lo que importa en términos generales. Quisimos darle a Montevideo un evento que lo transforme en puerto natural de la poesía… Y si hay aparato crítico, que juegue”.

Dice Ana Inés Larre Borges en Brecha: “Desde la ventana del NH Columbia se ve el mar, más marrón y más río en compañía de un poeta chileno y oceánico, pero Zurita piensa en otra cosa. Recuerda que cuando su anterior visita a Montevideo se acababa de separar de su mujer y alguien le dijo que en su mismo hotel se había suicidado Amado Nervo; dice que no pudo evitar cierta aprensión. En 1985 el Parque Hotel no era la sede del Mercosur y, un poco decadente y municipal, servía para alojar a escritores invitados. Ese año también vino Nicanor Parra. El recuerdo de Zurita es equívoco; Nervo no se suicidó, pero murió en uno de esos cuartos un día de mayo de 1919, y cuentan que su último deseo fue que lo acercasen a la ventana para ver el mar.

Raúl Zurita es para muchos el mayor poeta vivo en español y, seguro, el más intenso. Cerró el Mundial Poético de Montevideo y presentó la breve antología Queridos seres humanos que le editó Hum, dosis frugal y necesaria para aplacar algo el deseo de poesía que dejó en los que escucharon su voz chilena y desencantada que, contra toda lógica, trasmite lo que niega: fe en el hombre y esperanza para la poesía”...


Pero hoy la intención es mostrar otra arista de Zurita, una que emerge a través de ciertos fragmentos seleccionados de una entrevista publicada en COSAS.COM. y  dice así:

“El parkinson no lo deja controlar sus movimientos como antes, pero es un poeta obsesivo que no para de escribir. Acaba de publicar “In-Memoriam” como un modo de darle a la memoria un lugar sagrado en su presente. Zurita comparte aquí una mirada tristona del Chile actual, del país aterrado que él observa y, de paso, dice que Bachelet ha tenido más voluntad por hacer cambios que Lagos. También critica al mundo literario y la precariedad en la que se mueve. “A ellos, no les debo nada”, afirma.

Por Claudia Alamo

A su espalda, un muro azul. En la mesa, un café excesivamente azucarado y un paquete de cigarrillos. En el centro del living, un chaisse long antiguo sencillamente espectacular y ahí, casi como en un escenario, está Raúl Zurita, el poeta que mira la vida por ventanas tan diversas como alucinantes. Hubo épocas en que Zurita fue un artista rabioso, capaz de autoagredirse para dar un mensaje. Hubo etapas en que fue un soñador que escribía en el cielo para llamar la atención. Hubo también épocas en que se cayó, se hundió, pero nunca se quebró. Hoy, Zurita es un poeta comprensivo, centrado en las carencias de los seres humanos y de las suyas también. Ya no hay ni bronca ni agresión. Está centrado en las fragilidades del ser humano y convencido de que tenemos que volver a conectarnos con nuestras simplicidades para poder respirar.

“Al mundo literario no le debo nada”, dice crudamente, pero no por golpear sino que para describir lo que él llama la precariedad en la que viven los escritores e intelectuales como él. Confiesa que ese mundo nunca lo ha querido y que sus amigos son sus ex compañeros de ingeniería y los viejos comunistas de su etapa de militante.

Aquejado de un parkinson que no le permite moverse con la destreza de antaño, acaba de publicar el libro “In-Memoriam”, donde el poeta mira el presente y el pasado con ojos experimentados. Debe ser que, como él mismo dice, “mis recuerdos ya son mayoría frente a mis posibles sueños”.

Con lucidez, Zurita enfrenta esta etapa de su vida en que se declara viejo, feliz y enamorado de su actual mujer, Paulina Wend, con quien armó nido en una acogedora calle de Pedro de Valdivia Norte y confiesa: “Espero que sea ella la que me cierre los ojos”, dice tras una bocanada de humo y un rápido sorbo de café.

–Los escritores, los poetas, siempre tienen temas que los rondan. ¿Qué obsesiones, qué temáticas andas masticando?
–Yo creo que el que escribe, por lo menos el que escribe poesía, en una parte está desajustado del mundo. Es una parte que no funciona cómo debería. Es como una fractura. Y desde allí nace esta necesidad, bastante obsesiva y compulsiva, de escribir o hacer que te supla esa falta, esa carencia de algo que no sabes qué diablos es.

–Pero puedes pasar toda la vida sin saberlo…
–Es lo más probable. Intuyo que eso lo sabrás cuando estés muriendo, debe ser como la gran película final. Sin embargo, también creo que uno siempre se da cuenta de las carencias que tiene.

–¿Y cuáles son las tuyas?
–Bueno, mi padre murió cuando yo tenía 2 años. Por lo tanto, no tengo recuerdos de él. Sabía de mi padre por lo que me contaba mi madre o mi abuela. Pero no puedes imaginarte algo que nunca ha estado. Para mí, era lo más natural vivir así… hasta que me cayó la teja de la falta que me hizo no tener padre.

–¿Cuándo te diste cuenta?
–Como a los 35 años, cuando yo mismo estaba destrozado en la vida. Ahí me di cuenta de golpe, de toda la falta y la necesidad que había tenido.

–Entonces, ¿los temas que te persiguen tienen que ver con esa carencia?
–Creo que siempre los temas tienen que ver con las carencias. Yo siento, fundamentalmente, un sentimiento de orfandad muy grande producto de mi infancia. Claro, entiendo que envejezco. ¡Cómo no lo voy a entender! Me cuesta más moverme; me estoy encorvando, pero sin embargo hay una sensación de fragilidad que está ahí y, en algún punto, sigo siendo un niño desprotegido. Por otro lado, sé que no soy frágil. Las he pasado duras y no me he roto. Pero la sensación de habitar un cuerpo de niño, es una sensación sicológica que aún tengo.

–¿Y cómo se expresa en la vida cotidiana?
–Es un cierto desamparo y también una sobreprotección hacia quienes dependen de ti. Por ejemplo, en la relación con mis hijos, soy tremendamente sobreprotector. Me da pánico que a alguno de ellos le pase algo, se suicide. O sea, que no logre tolerar el sufrimiento. Los umbrales del dolor son tan distintos… Yo sé lo que he aguantado, pero uno nunca puede saber cuál es el aguante que tiene el otro.

–Pero eso, ¿no es como desconfiar de la capacidad del otro?
–No, no es un tema de confianza. Mi temor es más hacia la capacidad de aguante de los seres humanos. Por eso, cuando uno escribe, pone esas cosas. Ese es el único sentido que tiene hacer arte. Sacar esos fantasmas, esos dolores, pero no tanto por ti, sino por los otros. Porque si tú llegas al final de ti mismo, también vas a llegar al final de los otros. Finalmente, todos sufrimos por lo mismo. Todos tenemos necesidad de amor, miedo a la muerte. Somos hermanos en eso.

–¿Y qué sentido tiene poner esos temores en la palestra si, enfrente, tienes una sociedad que no quiere saber mucho?
–Es cierto. Esta es una sociedad aterrorizada, deprimida. Toda esta fiebre del consumismo que tenemos, te habla de una sociedad que anda mal; que no quiere saber nada que le pueda desarmar los esquemas o le mueva la cancha. Pero la pega de los escritores es dar cuenta tanto de la pasión como de la infelicidad. Ese dato de la existencia, de buscar una cierta desnudez, es de lo que quiero dar cuenta. 

–¿Por qué?
–Porque si uno se da cuenta, realmente, de lo que es estar vivo, las cosas empiezan a adquirir un cierto sentido. Entonces, al escribir, uno está tratando que la gente no se fije en el poema, sino en la gente que está leyendo ese poema. O sea, que se fije en la vida. Y que este segundo que nos tocó estar acá es atemorizante y deslumbrador a la vez.

–Antes eras un poeta más rabioso. ¿Cómo es que Zurita entró en este círculo existencial, más de la simpleza?
–Son derivas… Tal vez, esto tiene que ver con una sensación de ridículo que siempre he tenido. O sea, te hablo de esa sensación de ridículo en que quedas cuando has leído mal una situación o el gesto del otro. Y te confieso que en mi vida he tratado de ser lo suficientemente lúcido como para no leer mal los mensajes.

–¿Y lo logras?
–No lo sé. Frente a un mundo de gente tan segura y tan prepotente, lo único que puedes hacer, buenamente, es saber que eres honesto con lo que crees.

–En estos cambios sociales tan rotundos, ¿qué ha pasado con tus amigos poetas, escritores e intelectuales con los que compartiste batallas?
–Mira, yo estudié ingeniería, y en ese mundo están mis amigos. Con ellos tengo amistad cotidiana. Con los poetas he tenido relaciones muy, muy intensas, pero han quedado ahí.

–¿Por qué?
–No quiero que se entienda que ahí están mis enemigos. No. Lo que digo es que mis amigos de verdad no son del mundo literario. Mi relación con los poetas es súper extraña, de mucho resentimiento. Y ahí no soy yo el equivocado. Hay una animadversión, que la puedo entender, pero eso no significa que no la haya sentido.

–¿Qué crees que ha gatillado esa animadversión hacia ti?
–Creo que se debe a que ese mundo es muy precario. Muchos creen que si el otro ocupa un sillón, se acabaron los sillones. Entonces, cuando me dieron el Premio Nacional de Literatura, fue feroz. De algún modo, forma parte de mi vanidad el pensar que si hay tanta rabia conmigo es porque algo pasa. Pero en general, al mundo de la literatura no le debo absolutamente nada.

–¿Has percibido la envidia hacia ti?
–La palabra envidia me cuesta mucho, pero sí he sentido una hostilidad súper fuerte. Hay gente que estimo y que aprecio, pero si hubiese algo así, no tengo ni una onda con esa cosa gremial del mundo literario. A mí no me enseñaron nada. No aprendí nada de ellos. Sí he aprendido de Nicanor Parra, pero él es una sola persona. Lo que pasa es que la gran mayoría de los tipos que ha dedicado una vida a escribir, llega a la vejez sin un peso. Por eso se arman esas tremendas peleas por el Premio Nacional. Al final, no es tanto por el honor, sino por asegurarse una pensión. Y eso no puede sino conmoverme y hacerme sentir compasión por una sociedad de mierda que trata a estos fulanos de la peor manera.

–Y a ti, ¿te da miedo la pobreza en la vejez? ¿Es un fantasma con el que cargas?
–No, para nada. Y es extraño… Mi madre, que toda la vida se mató trabajando porque tuvo que cargar con su propia madre y con dos niños chicos, vivía aterrorizada porque yo no imponía. Como tenía pegas esporádicas, no era un tema para mí. Pero ella siempre me decía: “Raúl, qué vas a hacer cuando seas viejo”. Entonces, cuando me gané el Premio Nacional de Literatura, lo primero que hice fue llamarla y decirle: “Mamá, tenemos jubilación”.

–Debe haber sido un regalo para ella y también para ti, ¿no?
–Más para ella, para su tranquilidad. Yo siempre supe que iba a tener una jubilación. No sé cómo, pero sabía que algo me iba a llegar por algún lado. Mi gran amigo Carlos Hurtado me preguntó una vez por el tema y yo le dije: “Dios proveerá”. Y él se río y me dijo: “Dios provee a los pajaritos. ¡Cómo no va a proveer a los poetas!”. Y así fue, tal cual. Entonces, no tengo esa angustia.

–¿Y frente a la vejez, tampoco?
–No, al contrario. Ya estoy en la postura del viejo. O sea, entiendo que mis recuerdos ya son mayoría frente a mis posibles sueños. Tampoco le temo al deterioro físico que ya lo tengo con el parkinson. Entonces, la verdad es que la vejez no me produce ni el más mínimo temor. Por eso detesto a esa gente que dice que ha llegado a la etapa de “la madurez”. La vida no es así. Eres joven o eres viejo.

–Cuando dices: “Tengo más recuerdos que posibilidades futuras”, eso ¿no genera frustración?
–No, me produce alegría. Ese es el milagro de la poesía: que puedo hablar de esto y puedo construir desde aquí. Tengo todos los naipes en la mano. Pero si estuviera en la postura del “maduro” no construyo nada. Ahí te gana la cautela.

–Claramente, la cautela no es lo tuyo.
–¡No! Jamás he sido cauteloso. No quiero fanfarronear, pero la verdad es que siempre me he ido con todo.





 Guárdame en ti


Amor mío: guárdame entonces en ti
en los torrentes más secretos
que tus ríos levantan
y cuando ya de nosotros
sólo quede algo como una orilla
tenme también en ti
guárdame en ti como la interrogación
de las aguas que se marchan
Y luego: cuando las grandes aves se
derrumben y las nubes nos indiquen
que la vida se nos fue entre los dedos
guárdame todavía en ti
en la brizna de aire que aún ocupe tu voz
dura y remota
como los cauces glaciares en que la primavera desciende.



 Inscripción 178


Te hablan ahora las rompientes de tu vida
Te cuentan de las falsas Itacas,
del naufragio en costas remotas
de tu cansancio doblándote hacia las olas
Te dicen que más allá está el final
de la tierra
que allí el mar se derrumba, que tu mar
amado se derrumba y que los barcos
nunca han vuelto
Te hablan en tu propia noche los temores

Que suenen entonces como algo que se
despierta estos poemas
como algo que está en tí, como algo que cruce el mar y se despierta.


De: http://www.letras.s5.com