domingo, 16 de febrero de 2014

Pensando juntos/as








Abiertas las inscripciones hasta 
el 1º de Marzo del 2014.

Inicio de Talleres y Cursos:
 11, 13 y 15 de Marzo.



sábado, 15 de febrero de 2014

Bailar bajo la lluvia: una disciplina a dominar para vivir ... y para escribir...















El Dr. Carlos Blanc, nuestro querido Carlitos, escribía mucho antes de que "la causalidad" nos reuniera en el Taller de Pasiones Literarias. 
Atendiendo a la premisa de que quien pretenda escribir debe entrenar primero su facultad de observador, podríamos decir que Carlitos escribe desde niño. No en vano sus cuentos y relatos conmueven profundamente, en principio, a sus coetáneos y coterráneos, que por un ratito, a través de sus trazos, recobran la ciudad perdida, la entrañable ciudad de Salto, eje indiscutible de sus narraciones. 
Sin duda, entonces, al casi instintivo acopio de imágenes, debe añadirse la necesidad de transmitirlas, de compartirlas, porque serán significativas para otros/as. Quizá sea ése el motivo por el cual Carlitos sigue creando, y nosotros, agradecidos, leyéndole.
Por ello, les invitamos a ingresar a esta historia, nacida bajo el reciente temporal que azotó al país. Tal vez la sabiduría de la Naturaleza aportó lo suyo generando una atmósfera cuasi-ideal para que la verdad del decir ficticio pudiera fluir.


    UN ASUNTO PENDIENTE



Salto - Montevideo.1958


El tren entero se sacudía sobre las ancestrales vías, los pasajeros casi al unísono, se movían hacia uno y otro lado y vasos, servilletas, cartas de juego, diarios, libros, todo lo que estaba en el vagón de primera clase se desparramaba por el piso; la sensación de un descarrilamiento inminente surgía en cada tramo y a todos les parecía que no sería posible culminar el viaje en la Estación Central.  Él, no obstante, permanecía atento en su asiento del final de fila, con la mirada fija en la puerta que daba al pasillo y que permitía ver su continuación en el vagón anterior. Cuando se aseguró que nadie aparecía por allí, tomó el bolso de mano que llevaba a sus pies, corrió la pistola Luger P08 a un lado, tomó una lapicera fuente del interior de su saco, destornilló el capuchón y se dispuso a escribir: “Querido Enrique: ya llevamos recorrido la mitad del viaje. Ignoro aún como haré para que ésta llegue a ti, pero si efectivamente te llega,  caben dos posibilidades: o estoy viajando en el barco rumbo a mi país o alguien “me sacó del medio” antes o al llegar a Montevideo. Espero que al leerla puedas estar tranquilo de que ya estoy en el Atlántico. Si sucedió lo peor, ya te habrás enterado por los diarios. En cualquiera de los casos estoy tranquilo. Lo que debía hacer  lo he hecho, estoy en paz, la memoria de nuestros camaradas ha sido reivindicada como era de esperar en una tradición partidaria que nos honra, la misión ha sido cumplida a satisfacción. El Partido, es obvio, no podrá hacerlo público, pero en algún lado los camaradas como tú podrán festejar tranquilos algún día, y reunidos, elevarán una copa en memoria de este luchador. Gracias por todo“. Una breve firma luego del “abrazo a ti y a tu querida compañera”, precedió al doblado de la hoja que ensobró pausada y prolijamente para finalmente poner el nombre y dirección del destinatario en el frente del sobre y luego, sin hacer constar remitente, pasó la lengua por el borde engomado, cerró el sobre y lo guardó en el bolso, que volvió al lado de sus pies.

De pronto vio que alguien se desplazaba bamboleándose por el pasillo, lejos aún, pero por el severo traje gris y el sombrero de fieltro fino, supo enseguida de quién se trataba y qué propósitos lo animaban. Tomó el bolso, se levantó de su asiento y se corrió hasta el fondo del vagón, que era el último antes de empezar el tramo de los que corresponden a los vagones de segunda clase.  Apenas abrió la puerta la traspuso y se colocó a un costado, en la primera de las dos plataformas del tren que separan el vagón de pasajeros con el siguiente. El traqueteo pareció acentuarse y el ruido se hizo casi ensordecedor. Dejó el bolso en el suelo, corrió el cierre, tomó la pistola y la guardó en el bolsillo derecho de su saco. Ató luego la larga manija del bolso a una manivela que encontró a su lado. El cielo empezaba a ennegrecerse y algunas gotas cayeron en su rostro confundiéndose con las de sudor que resbalaban desde su frente, recorriéndole las mejillas. Con la rapidez de una práctica ya adquirida, dio un vistazo hacia el pasillo del vagón que acababa de dejar. A poco pasos el otro hombre, sin avistarlo, ya estaba muy cerca de la puerta y se disponía a abrirla.

En el vagón de segunda, como todos los de esa clase más incómodos que los de primera, sin mesas entre los asientos, los pasajeros igualmente en bamboleo, dormitaban o miraban a lo lejos cómo la luz iba cediendo paso en el paisaje, a una noche que se anunciaba cerrada y fría, justo al comenzar el cruce del Río Negro. La puerta del último vagón de primera se abrió y el individuo puso un pie en la plataforma. Cuando avanzó para poner el segundo ya él lo había agarrado por las solapas del saco. Tiró fuerte de ellas y desestabilizó al otro que cayó de rodillas a su costado y de espaldas hacia él, lejos de la visión de los pasajeros de ambos vagones. Cambió rápidamente las manos al cuello del trajeado individuo  mientras le apoyaba una rodilla en el espinazo, de nuevo aplicó todas sus fuerzas en un seco tirón hacia atrás y pudo sentir en sus manos y oír levemente, la fractura de la base del cráneo. Lo sostuvo así un segundo más y luego arrastró el cuerpo hacia un costado, introdujo la mano en el saco y de una vieja sobaquera extrajo un revólver Enfield, calibre .475, retiró del bolsillo interior la billetera y una pequeña libreta, e hizo luego caer el cuerpo exánime hacia el puente donde rebotó para ir a parar finalmente en el río. Tardarían en encontrarlo. Max desató el bolso, introdujo en él todo lo que tenía en sus manos, se lo puso al hombro, arregló su chaqueta, secó el sudor de su rostro y volvió, serenamente, a su lugar en el asiento del vagón.  El tren iba a un ritmo más lento pero igualmente traqueteante. Los pasajeros, como si hubiera un acuerdo previo, se acomodaron para un breve sueño. El arribo a Montevideo estaba previsto para las 22.18.



Maldonado, 1958 (meses antes)


La había estado observando y admirando toda la noche, y advirtió que ella respondía ostensiblemente a sus miradas, pero recién luego del cuarto whisky, se sintió con fuerzas suficientes como para acercarse a hablarle. Había llegado sola, pasada la medianoche, tomó asiento en un banco en el extremo de la barra y acodada allí había bebido lentamente una a una, varias copas de gin-fizz. Rubia, de ojos grandes, buena silueta y tan pronto habló, él agregó para sí mismo: “simpática”. Ella le sonrió y aceptó con gusto una nueva vuelta que él ordenó, completada con otro escocés. Luego de algunas palabras de rigor, recíprocamente ambos notaron sin comentarios, un acento extranjero en el otro. La noche en el bar del hotel donde un elegante pianista tocaba melodías hollywoodenses, transcurrió sin sobresaltos hasta que  finalmente decidieron salir. Afuera estaba casi frío y ella cubrió sus hombros y espalda hasta la cintura, con un saco liviano de lana tejida. Él se limitó a abotonar su saco sport de vigoret de lana con coderas y se dirigieron hacia el auto Morris estacionado atrás del hotel.  Lo puso en marcha y casi de inmediato tomó por la rambla rumbo hacia la Laguna del Diablo, donde ubicó una entrada entre los médanos y avanzó por allí hasta estacionar en un lugar desde donde podía verse el mar. La noche era muy estrellada, con una enorme y brillante luna. Puso el freno de mano y se volvió hacia su acompañante para conversar. La hermosa rubia tomó su cartera y protegiendo su privacidad la puso a un costado, la abrió y demorando algo la búsqueda, tomó una caja de cigarrillos americanos Pallmall, ofreciéndole uno que él desechó pero sacó de su bolsillo un pequeño Ronson que accionó para que la rubia encendiera el suyo, aspirara y exhalara su primera bocanada. Ella regresó su cartera a la falda pero él la tomó para facilitar el contacto corporal e intentó acomodar el adminículo en el asiento de atrás golpeándolo en el borde del asiento delantero lo cual provocó que se abriera y algunas cosas cayeran en el trayecto. Ambos rieron por la torpeza de él que al regresar su mano la dejó apoyada en la pierna de la rubia que no se resistió, como tampoco lo hizo cuando él se inclinó para besarla en el cuello mientras la abrazaba y con la otra mano exploraba por debajo de la pollera. Lentamente la dueña de las piernas las descruzó y la exploración manual avanzó decididamente a la vez que ella soltaba breves y suaves gemidos de placer mientras rodeaba el cuello del hombre con su brazo y mano izquierda, entreteniendo ésta en acariciarle suavemente la nuca haciéndole cerrar los ojos. Fue con su otra mano, la derecha, con la cual ella apoyó y accionó simultáneamente su pistola Tokarev TT.33, de fabricación soviética, a la altura del parietal izquierdo, quemando buena parte de los cabellos circundantes y provocando la instantánea muerte de Maynert Victor La Brooy Johnson, inglés de origen, de 58 años de edad, viudo, comerciante instalado en Punta del Este desde hacía seis años, según los datos consignados en el parte policial, a lo cual se agregaría después una información confidencial proveniente de la Embajada Británica, destacando su calidad de ex agente del Secret Intelligence Service, más conocido como MI6, la agencia de inteligencia exterior del Reino Unido.
Eugenia se deslizó rápidamente hacia afuera del coche. El ruido de una moto grande anticipó la llegada del pesado birrodado, tambaleándose por la arena. El conductor, enteramente vestido de negro, le acercó un envoltorio que ella abrió y apoyó en el capó del coche. Mientras el hombre retiraba el cuerpo de La Brooy para cerciorarse efectivamente de su muerte y arrastrarlo al costado de la duna, la mujer se quitó rápidamente los zapatos y el vestido manchado de sangre y con el mismo limpió su cara y brazos. El envoltorio resultó ser un pantalón y un buzo negros con los que se vistió de inmediato y se calzó un par de championes Funsa del mismo color. Abrió la puerta de atrás del coche y recogió su cartera no sin antes reponer en ella todo lo que torpemente La Brooy había dejado caer unos momentos antes. Su compañero levantó la moto y se dispuso a encenderla cuando de pronto la rubia lo detuvo con un apagado chistido y un gesto con la mano. Alguien se acercaba por detrás de una duna, ella como un gato, más cercana al desconocido, se le acercó sigilosamente.

Pedro Pascual Tejera salía temprano de su casa. Seguía la costumbre del verano que ya se iba, manteniendo la costumbre de levantarse temprano para evitar el calor en su recorrido hacia su trabajo como tipógrafo en el diario “Punta del Este” de la misma ciudad. Pedaleaba lentamente en su bicicleta por la Rambla sin asfaltar, cuando le llamó la atención la “cola” de un coche estacionado adentrado entre las dunas. Curioso por profesión y por antonomasia, detuvo su bicicleta y comenzó a acercarse al auto. De lejos pudo divisar que la puerta del conductor estaba bien abierta hacia atrás. No pudo acercarse más, de pronto, una figura de negro se le abalanzó desde un costado, chocándole el cuerpo y rodando luego ambos por la arena. En el suelo, sorprendido, Tejera apenas pudo atinar a levantar los brazos mientras una lluvia de golpes se desencadenaba contra su cuerpo. Algunos de esos golpes le eran propinados con las manos abiertas más al estilo de cachetadas que de puñetazos e incluso sintió rasguños de uñas en el rostro. En un esfuerzo por desembarazarse pudo zafar de su incómoda situación, procurando aferrar a su contrincante por los brazos. Fue entonces que sintió casi simultáneamente un golpe en la cabeza y el sonido de un disparo, proveniente desde atrás. Herido, atontado y sangrante, no obstante pudo levantarse y correr a los tropezones hacia la Rambla. No lo siguieron ni hubo más disparos. El ruido de una moto que se alejaba fue lo único y último que alcanzó a oír. Todo esto lo declaró tal cual, recién curado de un riesgoso raspón de bala a la altura del parietal derecho, ante la policía y frente al coche aún estacionado entre las dunas. A unos metros del Morris, el cuerpo de un hombre yacía boca arriba con una enorme herida en la cabeza con profusión de sangrado entreverado con arena, en sus ropas. La Policía revisaba exhaustivamente el coche, cuyo asiento delantero también estaba sucio de sangre, cuando uno de los agentes, desde el piso del asiento de atrás, levantó, tomándolos delicadamente con un pañuelo por un extremo, un par de lentes de sol de mujer, que adecuadamente envueltos fueron a parar a una bolsa del Comisario Leites, donde ya se encontraba un revólver Wembley cal. 4.55, encontrado en la gaveta del auto.



Lyon.Francia. 1943

El ruido de las botas sobre los adoquines fue lo primero que escucharon, luego el cierre rápido de una ventana, quizá en la acera de enfrente. Todos quedaron quietos y en silencio, pero rápidamente, al darse cuenta que los pasos enfilaban hacia la casa en cuyo sótano se encontraban, tomaron sus armas, pistolas, ametralladoras y algún revólver. “Peter”, el único de ellos que llevaba su pistola, una Bersa Thunder cal. 9mm, en su canana a la cintura, susurró: “rápido, todos al fondo y escapan, yo los cubro, soy el único soldado regular, respetarán las leyes de Ginebra, Uds., civiles armados, serían fusilados de inmediato o conducidos a la tortura, lo que sería peor”. Los demás vacilaron, pero el ruido de los tacones era cada vez más fuerte. “Philippe” dijo: -“No podemos llevar el paquete, ¡Sería demasiado peso!”.   “Peter” respondió, cortante: -“No lo encontrarán, sólo tú y yo sabemos dónde está”.  Los otros tres “maquisards” estaban en el fondo del sótano corriendo un pesado tanque de combustible, que daba lugar a un estrecho pasadizo en el suelo”. “Philippe” y “Peter” se confundieron en un apretado abrazo y aquél se deslizó por el túnel. Golpeaban muy fuerte a la puerta de la casa con las culatas de armas largas. Con mucha dificultad, “Peter” corrió el tanque de combustible tapando la salida por donde se habían escabullido sus compañeros y con la pistola en la mano, se quitó el mono de paracaidista y con su uniforme británico a la vista, se aprestó a resistir.

El interrogatorio no fue sino apenas un poco más acentuado que el que solían practicar los “especialistas” de la Gestapo de Lyon. Las uñas arrancadas lentamente, los pies quemados con soplete, los testículos reventados a golpes,  dientes extraídos a golpes y con tenazas. La única diferencia con otros interrogatorios fue la rapidez con que se le sometió a la tortura. Ellos necesitaban el dato ya: el archivo y el dinero de la Resistencia. Sabían que ningún “maquis”, siguiendo el ejemplo de Jean Moulin, delataría a sus compañeros, pero éste no era un “maquis”, ni siquiera era francés, era un soldado inglés, introducido de incógnito en territorio francés, a bordo de un Westland Lysander monomotor equipado con un Bristol Mercury de 870 hp, ideal para aterrizar y despegar en pistas cortas poco preparadas, para colaborar con el Ejército de las Sombras. No aguantaría. En el borde mismo de la sobrevivencia sin poder ver ya con sus ojos enteramente encapotados por los golpes, alguien le acercó un vaso lleno. Bebió primero con temor a que fuera ácido pero luego ávidamente, al sentir el sabor del agua. Una voz, con marcado acento germano le preguntó: “¿Se siente mejor?”. Asintió una vez con la cabeza y se echó hacia atrás, esperando nuevos golpes. Pero no llegaron, la misma voz más cerca ahora, le dijo: “Nadie resiste este tipo de interrogatorio, por otra parte sus cuatro compañeros, todos civiles, fueron todos capturados, confesaron y fueron fusilados. Su caso es diferente, es un soldado regular, viste uniforme y de nada le sirve el dato que protege. Ni siquiera sabe de qué se trata y nosotros sólo queremos que nos diga el lugar, luego de ello irá a un campo de prisioneros y será tratado según las leyes de la guerra”. “No lo sé”, respondió, “Peter”. La voz dio una orden restallante y sintió que su cuerpo desnudo era levantado, arrojado y atado, manos y piernas abiertas, al elástico  de una cama de hierro. Una nueva orden y un baldazo de agua helada lo cubrieron enteramente, casi de inmediato sintió como si un rayo le recorriera y partiera la columna al medio. Ni siquiera pudo gritar pues tenía agarrotadas las venas de la garganta. Cuando se detuvo la descarga, con la respiración muy agitada, apenas sentía su cuerpo. “¿Nos dirá ahora el lugar, Capitán Albert La Brooy?, Ud. lo sabe porque fue el único autorizado a acompañar a  “Philippe” hasta ese escondrijo… incluso podríamos compartir alguna parte de lo que se encuentre y la guerra terminaría mejor para usted”. Lo sabían todo. Asintió con la cabeza.

Corría setiembre de 1943, Klaus Barbie, dueño de la voz que escuchó La Brooy, principal de la Gestapo de Lyon, logró, en los meses siguientes a la captura del inglés, que desapareció de Francia, el desmantelamiento de la organización de la Resistencia en la ciudad, donde cayeron más de cuatrocientos de sus principales integrantes y una importante suma de dinero parte  de la cual quedó en manos de los alemanes y cuyo destino final nunca se supo. “Philippe”, que había resistido la tortura y pudo escapar, vio caer luego detenidos uno a uno a sus compañeros, comprendiendo de inmediato y con total certeza lo sucedido. “Algún día, “Peter”, sea donde sea que estés, te encontraré”, se prometió.

Los años de la guerra no se superaron rápidamente: los Juicios de Nuremberg y otros cientos de juicios más, las venganzas entre vecinos, las ejecuciones, palizas o vejaciones varias a los “colaboracionistas”, se sucedieron haciendo del final de la guerra una prolongación feroz de  “sangre, sudor y lágrimas”, prometidas por Churchill. “Philippe”, ya fuera de la clandestinidad retomó su vida anterior: profesor de gimnasia y bailarín. Instalado en París, siguió no obstante vinculado a los viejos compañeros de la Resistencia y en particular a su partido político. Los años siguientes no fueron fáciles para Francia, la IV República agonizaba con la derrota en Indochina y el alzamiento de Argelia la desangraría por completo.

Tarde en una noche fría y lluviosa de enero, “Phillipe” entró al edificio y se dirigió al mueble de madera empotrado en el pasillo, destinado a la correspondencia dirigida a los  apartamentos. “Philippe” buscó en el que le correspondía y encontró un pequeño sobre, lo abrió y sacó una hoja de papel doblada que sólo decía: “Uruguay, Sud América”.  Ya en su apartamento, de inmediato, “Phillippe” desplegó un mapa y tuvo una clara idea del lugar y de cómo llegar hasta allí. En poco tiempo más, con su pasaporte en regla, Max de Balzac, desembarcaba en Montevideo donde sin otra vuelta se dirigió a una dirección que, junto a un nombre, le fuera previamente indicada verbalmente por el principal dirigente de su partido político en París. Ubicó allí a quien buscaba, quien también verbalmente le dio un nombre y un teléfono que memorizó. Sin intercambiar muchas palabras más, agradeció, se despidió y se dirigió a tomar un ómnibus con destino a Salto, en el Norte del País.
Durante los meses siguientes, Max dictó clases de gimnasia y baile en esa hermosa ciudad del Litoral, conoció a una vecina de origen ruso, Eugenia, con la que entabló una relación permanente y se instalaron en una casa de calle Larrañaga al final del 200. La pareja se vinculó con parte de la sociedad salteña y eran conocidos por el resto, en especial por la figura y porte de ambos que lucían desplazándose a diario por la ciudad en dos pequeñas bicicletas.

Una mañana, temprano, recibió una llamada telefónica. Sólo escuchó: “Ven esta noche”. Luego de la cena, Max le dijo a Eugenia que volvería en un par de horas y salió caminando con buen paso hacia una avenida al Norte de la ciudad. Tomó por ella con determinación hasta finalmente encontrar el lugar al que se dirigía. En la oscuridad de un parque muy arbolado y cuidado de una mansión moderna coquetamente amueblada, un hombre, alto, apuesto, de pelo blanco ceniciento, lo recibió en la terraza de la planta alta. Max armó y encendió su pipa; su interlocutor, un habano. Conversaron en voz baja por unos 45 minutos, luego bajaron hasta el garaje, se dieron un fuerte abrazo y el hombre le entregó la llave de una poderosa moto que Max puso en marcha de inmediato como si siempre la hubiera manejado y salió montado en ella, por el portón de entrada de la casa que permanecía abierto. El otro lo miró mientras se perdía en la oscuridad de la avenida y, cuando ya no sintió más el ruido del motor, cerró el portón y entró en la casa por el garaje.


Maldonado. Salto. Montevideo. 1958.


Los días transcurrían sin que se pudiera avanzar demasiado. Las sospechas recaían fuertemente en el tipógrafo, pero el Comisario Leites, avezado policía de años de experiencia, no estaba satisfecho, intuía que había algo más que no lograba descifrar en ese extraño crimen. Se revisaron todos los talleres de motos y buscaron en todos los estacionamientos y garajes conocidos en busca de una moto grande, sin que ningún otro dato pudiera encontrarse. Sólo restaba seguir buscando el nombre de un comercio grabado en un par de lentes oscuros de mujer, “Plenty Joyas”, pero no era conocido en todo Maldonado y tampoco figuraba en la guía de teléfonos de Montevideo. La búsqueda se orientó a Buenos Aires, dado el consabido tráfico de turistas de origen argentino, abundante en esos meses del verano de 1958, atraídos por el Festival de Cine organizado para promocionar Punta del Este, ese verano de 1958, al cual asistieron Silvana Pampanini, Jeanne Moreau, Walter Pidgeon y Gerard Philippe, entre otros famosos. Un policía joven, recién ingresado, proveniente del Interior del país, pidió para hablar con el Comisario Leites: “Disculpe Comisario, me enteré de lo que está buscando. En mi pueblo, Salto, hay una joyería y bazar con ese nombre”. Casi simultáneamente otro dato llega a Leites: la dueña de una pensión de  Maldonado, había reportado que una pareja se había hospedado por unos veinte días y viajaban en una moto grande empadronada en Salto. Se habían retirado de la pensión  hacía aproximadamente unas dos semanas. Ambos datos son comunicados por Leites, al Comisario Inspector Angel Stoffiello, de la Dirección de Investigaciones de la Policía de Montevideo, a quien se le había encomendado colaborar en ese caso.

Trasladados a Salto, ambos comisarios se hospedaron en el Hotel “Concordia” y de inmediato se dirigieron al conocido negocio de joyería y bazar en la calle principal, en tanto encomendaban a la Policía local, debidamente alertada ya, la búsqueda del propietario de la moto matriculada en esa ciudad. Los dependientes de la joyería buscaron la boleta correspondiente a los lentes que le exhibieron los policías y encontraron un contado de venta en el mostrador, sin nombre de quien los comprara, más de un año atrás. El registro de la matrícula dio como resultado la existencia de varias motos grandes empadronadas: Norton, Triumph, todas de 500cc. Entrevistaron a casi todos los propietarios que figuraban en el Registro, pero de modo especial en su domicilio, a quien figuraba como propietario de una Matchless 500cc, un conocido escritor salteño, que la había vendido en la campaña a cambio de ganado un año atrás, no recordando el nombre del comprador, un brasilero que conducía una tropilla de paso por su estancia. Pasaron varios días, Leites de vez en cuando volvía a interrogar a Tejera, libre pero emplazado por el Juez. Stoffiello recibía y aguardaba nuevos datos de la búsqueda en Salto. Una tarde, en su despacho una llamada telefónica del dueño de la joyería, le hizo saber que una de sus dependientes creía recordar haber visto a una señorita radicada en la ciudad, con lentes de sol similares a los que él les había exhibido, vendidos en su comercio. Stoffiello decidió viajar nuevamente a Salto. Interrogada la muchacha, algo asustada, contó que “le parecía” que una muchacha rubia, de pelo corto, que conocía de la calle pero asimismo de un club deportivo, usaba unos iguales. Con mayores datos Stoffiello fue a un domicilio de calle Larrañaga a pocas cuadras de la principal donde podría haber una mujer al menos similar a los datos proporcionados por la dependiente de la joyería. La dueña de la casa le informó que efectivamente había vivido allí por un buen tiempo y hasta unas semanas atrás, cuando primero ella y unos días después su esposo, habían viajado a la Capital. Él,  un bailarín y entrenador deportivo y su pareja, una muchacha rubia, de buen físico, bailarina también y proporcionó los nombres de ambos: Eugenia Hodum (o algo parecido) y Max de Balzac. Si bien tenían dos pequeñas bicicletas, nunca los había visto en una moto.

Stoffiello comunicó telefónicamente los datos a la Policía de Salto y Maldonado y a su Dirección de Investigaciones de Montevideo, y regresó a la Capital esa misma noche. Al otro día, por la tarde, aún sin poder reponerse del todo del pesado viaje en Onda, de casi diez horas, se puso a mirar las comunicaciones e investigaciones personales realizadas por las Jefaturas actuantes. Esta labor la repetiría durante varios días, el último de los cuales dio por resultado un dato: la pareja había embarcado en el Puerto de Montevideo, en el vapor francés “Claude Bernard”, una semana atrás.

Esa misma tarde, Stofiello es convocado al Despacho del Jefe de Policía de Montevideo. Al entrar se encontró sorprendido por la presencia de dos atildados señores acompañando al Jefe. Le fueron presentados como funcionarios de la Embajada Británica. Apenas intercambiados los saludos de estilo, el Jefe le informó de los datos que ahora con mayor detalle, se conocían:  el hombre asesinado en las dunas de Laguna del Diablo, La Brooy Johnson, ex funcionario de la inteligencia inglesa, había prestado servicios en el Norte de Africa, en Madrid y finalmente en Lyon, Francia donde fue tomado prisionero. Liberado al terminar la guerra, prestó servicio a su pedido en distintos lugares de Sud América y finalmente se retiró en 1955, para radicarse en Punta del Este. Aunque había disminuido su frecuencia en los últimos tiempos, mantenía sus contactos con la Embajada y el MI6, Servicio que se había comunicado especialmente con la Embajada tan pronto se enteró del crimen, para señalar que luego de un concienzudo análisis, recomendaba a la Embajada que contactara a la Policía uruguaya a fin de ponerla en conocimiento, sin mayores datos, de que debían extremar medidas e investigaciones para detectar la presencia y en tal caso la detención en averiguaciones, de las cuales solicitaban participar, de cualquier ciudadano de origen francés, en especial si era proveniente de la ciudad de Lyon. La Embajada además, estaba instruida para proporcionar los fondos que fueran necesarios para todo esfuerzo investigativo que permitiera aclarar el caso. Lo que no informaron los funcionarios británicos fue que estaban preocupados por la suerte de otro miembro del MI6, destinado en forma no oficial a Maldonado, tan pronto se supo del asesinato de La Brooy. El Río Negro nunca devolvería su cadáver.

Una vez retirados los funcionarios diplomáticos, Stoffiello informó al Jefe de todo lo relacionado con la pareja francesa. Inmediatamente el Jefe se comunicó con el Ministro del Interior  y luego con el Canciller de la República. Hecho esto, miró a Stoffiello y le dijo: “Y bien comisario, apronte sus valijas, tomaré todas las medidas necesarias para que si es posible mañana mismo, viaje usted a Europa y trate de interrogar y convencer a la pareja del interés de la Policía uruguaya en el esclarecimiento de este caso, para lo cual se requiere su regreso, a nuestro costo, para mayor colaboración. La Cancillería hará lo posible por lograr su detención antes de llegar a Francia. En tanto no hay ni acusación y menos condena, nos es imposible obtener la extradición cualquiera sea el país por el cual crucen o arriben, pero con la Embajada inglesa detrás debemos extremar nuestros esfuerzos por lograr resultados”.




España. 1958

Combinando distintos medios de transporte, Stoffiello, con casi 8 días de atraso respecto del “Claude Bernard”, logró sin embargo llegar a Las Palmas de la Isla Gran Canaria, cuando el vapor aún no había llegado a su puerto. La Embajada uruguaya en Madrid hizo todo lo posible para obtener la detención de la pareja, pero las autoridades españolas, pese a ser poco afectas a todo extranjero con pasado como “maquis”, se encontraron con serios obstáculos legales para acceder a la solicitud y menos aún a obligar a la pareja francesa a regresar a Uruguay. Llegado el vapor al Puerto, su  Capitán, a desgano, accedió conceder dos horas para que fueran interrogados en tierra por Stoffiello. Una foto del “ABC” madrileño que había dado amplia difusión al tema, los muestra, presentándolos como “la bailarina Eugenia Gudunova” y Max de Balzac, descendiendo por la pasarela del buque, él primero, de sombrero y ropa sport fumando en pipa y ella con blusa blanca de mangas largas y cuello alto, pantalones blancos, pelo rubio corto, lentes de sol y sandalias negras de taco bajo, con un bolso y saco grueso en el brazo. Enfrentado a ellos, Stoffiello los encontró sumamente accesibles y simpáticos. Confirmaron haber vivido en Salto y pasado unos días en Maldonado pero jamás estuvieron, dijeron, en Punta del Este y menos en Laguna del Diablo. Ella no reconoció como propios los lentes que el policía le exhibió y él declaro que no tuvo nunca en su poder una moto de 500 cilindradas, ni sabría cómo manejarla. Por supuesto, ambos negaron todo conocimiento de Maynert Victor La Brooy Johnson. Agradecieron la invitación de regresar ya a Uruguay, pero aseguraron que tan pronto culminaran una serie de espectáculos a realizar en París, volverían al hospitalario país del policía, del cual tenían hermosos recuerdos. Stoffiello mismo los condujo en un taxi, hasta el pie del buque. Ya en la pasarela, Max se volvió y le dijo: “A propósito, Comisario, puede quedar tranquilo, no dejé ninguna cuenta pendiente en su país”.      
        

                                                         Dr. Carlos Blanc

Gracias por seguir enseñándonos
que se puede bailar bajo la lluvia.

viernes, 14 de febrero de 2014

Desfile de Llamadas: una fiesta antropológica y un emblema popular uruguayo.




















Las Antiguas Llamadas


Según relatos de Isidoro de María, en Montevideo, al menos desde 1760, y de domingo a domingo, “los amos permitían a sus esclavos que fueran a sus “canchitas” alineadas a lo largo de la muralla que cerraba y cuidaba la ciudad”. En esos pequeños espacios de tierra apisonada, con una capa de arena, se reunían todos los africanos de acuerdo a su nación. Cada grupo iba ‘llamando’ a sus compañeros, los que salían de las casas de sus amos, y se reunían con quienes los ‘LLAMABAN’ desde la calle o desde la canchita. “Y así los cabindas, benguelas, marises, casanchez, moyolos, ukolos, etcétera, se reunían los domingos para sus cantos y bailes entonando sus cadenciosos yé, yé, yé, Calunga yé, eeé llumbá”(1) , narraba Isidoro de María.

Según Francisco Merino, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, se “llamaban” los miembros de una comparsa o se unían los negros de cada barrio para “visitar” otros barrios: los de “Ansina” (Barrio Reus al Sur) iban hasta el conventillo de Gaboto (Gaboto entre Cerro Largo y Paysandú), o los de Gaboto iban hasta el “Medio Mundo” en la calle Cuareim. Hoy día, aún se pueden percibir distintos matices de sonoridad o ritmo según el barrio al que pertenece la “llamada”.

Las antiguas llamadas afrouruguayas tenían por finalidad “citar” a los tamboreros que no habían concurrido con puntualidad a la “sala” para, luego de la ceremonia, visitar a las autoridades nacionales. Llama la atención que esa práctica pervive en África con idéntico sentido convocatorio, por ejemplo, los yorubas, de Nigeria, en la zona occidental del inmenso continente, poseen no sólo llamadas de tambores sino también vocales.

El musicólogo Luis Ferreira cita al religioso africanista Armando Ayala sobre el carácter de la llamada y define que ésta “(…) es la preservación de su tradición, es el homenaje a sus ancestros representados en ese toque de tambor que es el originario de su barrio pero más importante que eso su nación, que aunque no lo sepan está viva en su sangre, en su corazón y en sus ojos que se iluminan cuando el ritmo se hace más fuerte”.(2)

Notas

(1) ISIDORO DE MARÍA. Montevideo Antiguo. Montevideo, Edición Amigos del Libro Rioplatense, 1938, p.279.
(2) LUIS FERREIRA. Los tambores del Candombe, p. 191

Historia
Oscar D. Montaño
De: http://www.candombe.com.uy

De: candombe.com.uy

Candombe - Pedro Figari


























De: Ruben Galloza, pintor y escritor afrouruguayo.


















¿Adán y Eva eran negros?


En África empezó el viaje humano en el mundo. Desde allí emprendieron nuestros abuelos la conquista del planeta. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de los olores.

Ahora las mujeres y los hombres, arcoiris de la tierra, tenemos más colores que el arcoiris del cielo; pero somos todos africanos emigrados. Hasta los blancos blanquísimos vienen del África.

Quizá nos negamos a recordar nuestro origen común porque el racismo produce amnesia, o porque nos resulta imposible creer que en aquellos tiempos remotos el mundo entero era nuestro reino, inmenso mapa sin fronteras, y nuestras piernas eran el único pasaporte exigido.


En Espejos de Eduardo Galeano

De: http://www.rodelu.net


Una de las integrantes de este singular grupo es Marta, 
querida compañera del Taller de Pasiones Literarias.


Candombe, netamente uruguayo,
creación surgida del Pueblo,
en el que somos una sola carne, 
un solo corazón,
amasados allá lejos,
en la bella África descuartizada
por tantos Poderes, 
impotentes, sin embargo,
para devorar la semilla original.


jueves, 13 de febrero de 2014

Producción de Talleres (8)

















El juego



Martina no parece molesta por tener que ir a cada rato a buscar la pelota y dejar su muñeca. En realidad, parece divertirle correr tras esa esfera de plástico pateada cada vez con más fuerza por los hermanos, a quienes el padre anima. Con la mirada atenta espera el festejo del gol o el gesto de frustración de las manos franqueadas del arquero, para salir presurosa con sus piernitas delgadas a recoger el balón sin dejar de voltear la mirada hacia los ojos fijos, y sin embargo distraídos de Estela, siempre sonriente, que halaga la velocidad de la niña así como la destreza de los varones, restándole importancia a quien gane o pierda. Cuando César está en casa las tardes discurren así. A veces, el padre también participa en algún partido con los hijos, y otras, la mayoría últimamente, prefiere ejercer de espectador, sentado detrás de Estela, mientras divide la mirada entre la esposa y el reloj. Se entretienen y se divierten en el patio hasta las cinco.

A esa hora, tras el anuncio del padre, los cuatro varones, obedientes, desaparecen tras la cortina del salón para entregarse al mundo cibernético; mientras, Martina se sienta a los pies de Estela, antes de escurrirse también tras la cortina para ver los dibujitos sugeridos por César en la tele. Es entonces cuando le gusta recrearse un instante con el pelo de su muñeca para mostrarle a la madre sus creaciones estilistas; a Estela le agrada observarla cómo se zambulle en esa innovación de peinados; entretanto, sin darse cuenta, comienza a deshilachar su trenza. Un momento en verdad corto pero intenso que César interrumpe al posar la mano sobre su hombro y besarle la cabeza. La señal que Estela espera para levantarse, girar y, casi sin mirarlo, hundir el rostro en el pecho fornido del esposo, inspirar profundamente y comenzar a adiestrar con sumo cuidado, esas voces que le emergen de las entrañas para conquistar hasta el último milímetro de su cabeza, a la vez que escucha los pasos de Martina alejándose tras la cortina. Siguiendo su ritual de acercamiento, César le besa nuevamente la cabeza y, tomándole la mano, la lleva hasta el dormitorio. Mientras él cierra la puerta, ella tranca con sigilo los postigos y después se acuesta a esperarlo. No puede evitar la indocilidad de sus latidos cuando él se posa sobre ella y comienza a besarle el cuello hasta alcanzar la oreja y susurrarle el primer te amo. El corazón desbocado intenta resistirse a ese arrastre del colchón hacia una oscuridad tan conocida como temida, de la que nunca sabe si habrá un retorno. El peso la oprime, la hunde y la asfixia. Con los ojos cerrados sigue buscando una salvación incorpórea, con la misma entrega con la que, de ojos bien abiertos ahora, sus labios evitan el mínimo roce con los de César. Pronto entiende que tampoco en la penumbra de su mirada hay salida. Sólo le queda recurrir, en primera instancia, a esa imagen sustentadora de las manitas acicalando los cabellos dorados de la muñeca; por último, y de forma sentenciosa, apela a la culpa: esa emoción tan arraigada, llena de sentimientos ambivalentes y desencontrados que va definiendo el camino de sus actos. Y entonces asume y se convence de la necesaria entrega al marido: mira la foto familiar sobre la cómoda y logra liberarse de las garras del colchón, de esa resistencia opresora, y simplemente aguarda, aguarda  y repite metódicamente los movimientos y los susurros mientras espera con paciencia domesticada, la retirada de César, el final oficial de su sacrificio clandestino para volver a la realidad y aprontarle el bolso porque, como cada martes, saldrá de viaje. Y es justo desde esa tarde y hasta el domingo, cuando Estela se sentirá libre del tormento. Por eso, apenas puede, salta de la cama, y con la respiración aún quejosa empieza a prepararle el equipaje. “Es mejor que la noche no te sorprenda en la carretera” le dice a César, a la vez que guarda con sumo cuidado y orden la ropa en el bolso de viaje y esquiva, con destreza instruida, un nuevo acercamiento. “Pero hoy es lunes” le susurra el esposo al oído, deletreando cada palabra con una voz recién estrenada. Controlando el aliento y el temblor naciente de sus manos, Estela gira y descubre, por primera vez, un centelleo metálico en aquellos ojos hasta entonces familiares. Sorteando con rapidez la mirada de hielo, la sonrisa burlona, hunde el rostro en el pecho fornido, y de reojo, se mira la trenza, que clama ser cortada.


Rosa Jurado

Integrante del Taller de Narrativa a Distancia desde hace un mes y medio.

PASIONES LITERARIAS
Centro de Formación Humanística PERRAS NEGRAS




miércoles, 12 de febrero de 2014

Producción de Talleres (7)















El último acto


Cuando salió del baño retiró la vajilla con los restos de comida y la amontonó en la pileta de la cocina.  Pensó sacarse el delantal, maquillarse suavemente para disimular aquel moretón alrededor del ojo que se tornaba más violáceo a cada instante, y mudar de ropa, algo sobrio por supuesto.  Pero cambió de idea y permaneció con esa prenda doméstica que le daba aires de matrona, mujer fiel, y sobre todo, aguantadora.  Llegado el momento inventaría una historia plausible para justificar esa marca en el rostro.

Atravesó la puerta de la cocina y fue hasta el rincón de las hierbas aromáticas.  Las conocía a la perfección, sus condiciones de cultivo, sus propiedades.  Observó con tristeza la jardinera  suspendida en el muro a media altura por causa de los animales, y ahora estéril: sus verdes y jugosas verduras arrancadas de cuajo.  Tanta dedicación, tanta expectativa, cultivadas desde las semillas traídas de aquel remoto lugar.  Había visto brotar, echar raíces, y crecer en lozanía las plantitas fertilizadas y regadas con cariño. 

Él le había preguntado sobre esa dedicación por una planta de aspecto tan sencillo, parecida al berro.  Ella había sonreído con aire misterioso y le respondió “Porque me gusta”.

Volvió a la cocina.  De la loza encimada separó con cuidado la fuente y el plato donde hiciera la ensalada y él comiera, los llevó al baño, tiró en el wáter los restos de verdura, y luego lavó meticulosamente, secó y guardó en el estante los enseres.  En seguida  llamó al servicio de urgencia. 



Sonia Presa Caggiani
Taller de Pasiones Literarias - Narrativa


lunes, 10 de febrero de 2014

La ética del Primer Mundo

“Instruido por impacientes maestros, el pobre oye 
que es éste el mejor de los mundos, 
y que la gotera del techo de su cuarto 
fue prevista por Dios en persona”
Bertholt Bretch
10 de febrero de 1898


















Muchos caminos se abren cuando de interpretar se trata y muy especialmente si la lucidez de un intelectual de la talla de Bretch sigue proyectando su luz sobre la realidad del mundo. Un mundo que, paso a paso, se va acercando nuevamente  a la Edad de Piedra, sin mediar en esta consideración exageración alguna. 
En esa época cronológicamente tan lejana, sin duda, los niños serían testigos diarios de las faenas implicadas en la caza de los animales para el sustento colectivo. Ni depredación ni fascismo, para expresarlo en términos actuales entonces.

Pero en el suceso de este último domingo, no estaban condicionados por el hambre los niños que, con la aquiescencia de sus padres y de las autoridades del Zoológico de Copenhague, respaldados además en medidas ya adoptadas por científicos de la Asociación Europea (“Dios en persona” todos ellos), presenciaron el sacrificio inútil y el posterior destazamiento de una jirafa macho.

El motivo de la decisión: evitar la consanguinidad, ya que una hermana del ejemplar residía en este recinto; otra vez el asunto de “la pureza de la sangre”: el fascismo es un pulpo proteico de tentáculos cuasi-inmortales, señoras y señores.

El verdadero objetivo de la decisión: acuñar en la psiquis aún en construcción de esos/as niños/as, y con la mayor naturalidad, un acto salvaje de aniquilación de la vida; para redondear la didáctica del hecho, también pudieron observar cómo el resto de los animales devoraban la carne de la joven jirafa.
Un acto de adiestramiento, en suma, para las futuras huestes apocalípticas. 
Claramente ello se desprende de las declaraciones del vocero del Zoológico, quien afirmó sentirse orgulloso “por la clase de anatomía” de la que participaron los visitantes.

Y como en la frase de Bretch, “el pobre” -padre o madre; pobre de sentido común, pobre de capacidad crítica- “oye que es éste el mejor de los mundos, y que la gotera del techo de su cuarto fue prevista por Dios en persona”, pues no sólo acompaña al hijo en esta clase abierta sino que, en medio de la concurrencia, aprueba con su silencio la demostración. Una ilustración real de aquella verdad que Anna Arendt denominó “la banalidad del mal”. En eso se ha convertido “el Primer Mundo”, en la olla donde se cuecen a fuego lento otros tentáculos del mal.


Alguna vez volverá a ocurrir la rebelión que
el Popol Vuh dejó registrada
en el proceso de la creación humana.



sábado, 8 de febrero de 2014

Dos versiones de “La canción del arpista”






















Es feliz este buen príncipe:
la muerte es un destino amable.
Una generación pasa,
otra perdura,
desde la época de los antepasados.
Los dioses (faraones) que hubo antes descansan en sus sepulturas,
y también los nobles benditos yacen enterrados en sus tumbas.
Pero los que construyeron las tumbas
han desaparecido,
¿qué fue de ellos?

He escuchado las palabras de Imhotep y Hardedef,
cuyas sentencias son recitadas íntegramente.
¿Adónde fueron?
¡Sus murallas se han desmoronado,
han desaparecido,
como si no hubieran existido nunca!
¡Nadie vendrá desde allí
a hablarnos de sus necesidades,
a calmar nuestros corazones,
hasta que también nosotros vayamos allí
adonde ellos se fueron!

Así pues, regocíjate en tu corazón.
El olvido te favorece;
sigue a tu corazón mientras vivas.
Echa mirra sobre tu cabeza,
vístete con lino fine,
úngete con aceites propios de un dios (faraón).
¡Acumula tus alegrías,
que tu corazón no decaiga!
¡Sigue a tu corazón y a tu felicidad,
haz en la tierra lo que tengas que hacer como te dicte tu corazón!
Cuando te llegue el día de las lamentaciones,
el del Corazón Apesadumbrado (Osiris) no escuchará sus lamentaciones,
¡los gemidos no salvan a nadie de la fosa!

¡Desahógate,
no te preocupes por nada!
¡Mira que a nadie se le permite llevarse consigo sus bienes,
mira que quién marcha ya no vuelve!













 Generaciones y más generaciones desaparecen y se van,

otras se quedan, y esto dura desde los tiempos de los Antepasados,

de los dioses que existieron antes

y reposan en sus pirámides.

Nobles y gentes ilustres

están enterrados en sus tumbas.

Construyeron casas cuyo lugar ya no existe.

¿Qué ha sido de ellos?

He oído sentencias

de Imuthés y de Hardedef,

que se citan como proverbios

y que duran más que todo.

¿Dónde están sus moradas?

Sus muros han caído;

sus lugares ya no existen,

como si nunca hubieran sido.

Nadie viene de allá para decir lo que es de ellos,

para decir qué necesitan,

para sosegar nuestro corazón hasta que abordemos

al lugar donde se fueron.

Por eso, tranquiliza tu corazón.

¡Que te sea útil el olvido!

Sigue a tu corazón

mientras vives.

Ponle olíbano en la cabeza.

Vístete de lino fino.

Úngete con la verdadera maravilla

del sacrificio divino.

Acrecienta tu bienestar,

para que tu corazón no desmaye.

Sigue a tu corazón y haz lo que sea bueno para ti.

Despacha tus asuntos en este mundo.

No canses a tu corazón,

hasta el día en que se eleve el lamento funerario por ti.


Aquél que tiene el corazón cansado no oye su llamada.

Su llamada no ha salvado a nadie de la tumba”.

Hazte, por tanto, el día dichoso,

y no te canses nunca de esto.

¿Ves?, nadie se ha llevado sus bienes consigo.

¿Ves?, ninguno de los que se fueron ha vuelto”. 


***

Este documento funerario fue hallado en la tumba del faraón Intef, y no es casualidad que pertenezca al Primer Período Intermedio, época de dinastías paralelas y guerras civiles entre distintas ciudades de Egipto.

Una sugerencia: relean “Coplas a la muerte de su padre”, de Jorge Manrique. Ya por entonces era aplicable aquello de que no hay nada nuevo bajo el sol...



¡Cuánto estamos deseando la luz del sol por estos días en que parece haber retornado desde el fondo de la Historia el Diluvio y no tenemos un Arca, ¿no?!


Corremos tanto detrás de los bienes materiales y olvidamos los otros, los básicos, los que nos permiten disfrutar de aquellos. Entre los que perdemos de vista o nos inducen a extraviar de nuestro horizonte, está el sol, personaje imprescindible de nuestro dual paisaje: el exterior y el interior.



Un taller es 
sensibilidad en juego, 
pensamiento, 
creación, 
acción... 
Acaso, entonces, 
puede ser
tu flor en el desierto.