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** El Niño del Fuelle ** - Pablo Silveira Artagaveytia
sábado, 21 de junio de 2014
De una carta de amor
(...) Pues bien, en 1950
empecé a leer de todo, y Dios o la literatura saben a cuántos escritores he
admirado y cuántos me han gustado desde entonces, sobre todo escritores vivos,
de Francia y de otros países. Después he conocido a algunos, también he seguido
la carrera de otros, y si bien todavía quedan muchos a los que admiro, usted es
sin duda el único al que sigo admirando como hombre. Todo lo que me prometió a
mis quince años, una edad a la vez severa e inteligente, una edad sin
ambiciones precisas y por tanto sin concesiones, todas esas promesas las ha cumplido
usted. Ha escrito los libros más inteligentes y honrados de su generación, ha
escrito incluso el libro más rebosante de talento de la literatura francesa:
Las palabras. Al mismo tiempo, siempre ha acudido humildemente al socorro de
los débiles y de los humillados, ha creído en la gente, en las causas, en las
generalidades, en ocasiones equivocándose como todo el mundo, aunque (y en
esto, contrariamente al resto del mundo) habiéndolo reconocido en todo momento.
Se ha negado obstinadamente a aceptar los laureles morales y todas las
gratificaciones materiales de su gloria, ha rechazado el supuestamente
honorable Nobel cuando nada tenía, tres veces fue objeto de atentados con
explosivos durante la guerra de Argelia, se vio en la calle sin pestañear, ha impuesto
a los directores de teatro las mujeres que le gustaban para papeles que no eran
exactamente los que más se adecuaban a ellas, dando así fe con todo fasto de
que, para usted, el amor podía ser, al contrario, «el duelo clamoroso de la
gloria». En resumen, ha amado, escrito, compartido y entregado todo lo que
podía dar y que era en realidad lo importante, al tiempo que rechazaba todo lo
que se le ofrecía en nombre de la importancia. Ha sido usted hombre tanto como
escritor, jamás ha pretendido que el talento del segundo justificara las
debilidades del primero ni que la felicidad de crear autorizara de por sí a
despreciar ni descuidar a sus allegados ni a los demás, a todos los demás.
Tampoco ha afirmado nunca que equivocarse con talento y de buena fe legitime el
error. De hecho, no ha buscado usted refugio tras la famosa fragilidad del
escritor, esa arma de doble filo que es su talento, evitando con ello caer en
el común de los narcisos, que no es sino uno de los tres roles reservados a los
escritores de nuestra época, junto con los de pequeño señor y gran lacayo. Al
contrario, lejos de blandir, como tantos otros, entre delicias y clamores, esa
supuesta arma de doble filo, ha pretendido que fuera eficaz, ágil y ligera en
su mano y se ha servido bien de ella, la ha puesto a disposición de las
víctimas, de las auténticas víctimas, de las que no saben escribir, ni
explicarse, ni pelear, ni siquiera a veces quejarse.
(...)
Este
siglo ha revelado ser loco, inhumano y podrido. Usted ha demostrado ser un
hombre inteligente, tierno e incorruptible. Y sigue siéndolo. No sabe cuánto se
lo agradecemos.
(...)
De Francoise Sagan a Jean Paul Sartre
En: http://www.elcultural.es
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