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Así las dejaste un 17 de enero de veinticinco años atrás |
Tente-en-el-aire
Aquí son verde esmeralda. Los
llamamos colibríes, picaflores, pájaros-mosca, tente-en-el-aire, o
pájaros-joya. Son los enanos del mundo de las aves, apodiformes (clasificados
sistemáticamente en esa forma, justamente porque reciben toda clase de apodos:
joya-mosca-flor) y pertenecen a la familia de los troquílidos, que apenas
alcanzan el tamaño de un abejón. Sus alitas vibran de setenta y cinco a cien
veces por segundo, de modo que pueden permanecer inmóviles, si eso necesitan,
aguardando la apertura de una flor o para capturar un pequeñísimo insecto.
Curiosamente, los nuestros responden por sus características a los pigmeos
entre los pigmeos de esta especie, casi idénticos a los llamados “sunsún de
Cuba”, que miden menos de seis centímetros, de los cuales más de dos y medio
corresponden al delgado pico y a la pequeña cola, formada por doce timoneras.
En Cuba tienen la garganta carmesí; aquí no; su garganta es de un gris oscuro;
pero por todo lo demás, por su pico negro, la parte superior del cuerpo y la
cola azul-verde, son iguales, esta criaturas primaverales, a los colibríes
cubanos, de verano eterno.
Me jacto de conocerlos mejor que
muchos a estos animalitos y voy a decir por qué.
El jardincito era interior. Yo
había alquilado el apartamento del fondo de una casona, donde vivía, solitario,
no solo porque el dóberman era temible, sino porque, después de una segunda
separación de mi mujer fabuladora –dicen que la tercera es la vencida-, quería
tomarme mi tiempo para razonar, elaborar el porqué de nuestras desdichas
padecidas. Exiliados, desexiliados, amándonos, necesitándonos, mi mujer y yo
habíamos sido compañeros a pesar de carecer, ambos, de una familia sólida. Yo
también fabulaba a veces, en particular cuando se trataba de hablar de mi
pasado. Era como si ambos fuésemos pájaros pigmeos desde nacidos.
Los colibríes tienen un tronco
minúsculo, pero, sin embargo muy fuerte: las patitas cortas, provistas con uñas
idóneas, son capaces de agarrarse a las más pequeñas rugosidades. Creo que así
vivimos, mi ex –mujer y yo, durante años, posándonos cada uno en el otro,
alternativamente, en las finas grietas de nuestras almas respectivas que se
amaron entre remotos dolores durante casi veinte años. El apartamento que yo
alquilaba, mientras aguardaba una tercera oportunidad –ella tal vez ya no-,
tenía una puerta de hierro con doble traba, porque había sido depósito de
zapatos. Caros, zapatos caros, de artesanía. Y tenía un porchecito, recubierto,
como forrado finamente por una santarrita bermeja. Ese septiembre, yo había
descubierto, colgado brevemente de un gajo grueso, cierto nido minúsculo del
tamaño de una ciruela, al que acudían, zumbando, y en horas desparejas,
colibríes. Estaba frente a la puerta el pequeño nido, que los primeros días me
parecía ser algo así como un fruto de la enredadera. Hasta que comprendí que
era un nido escondido, disimulado, inverosímil, comparado con los de cualquier
otro pájaro.
María Jimena y yo, una noche,
después de analizar nuestras vidas durante tres horas o más, decidimos que no
había una vencida, una tercera oportunidad. Nuestras hijas iban a quedar a su
cargo, yo me comprometía a pasarle una pensión alimenticia, la casa adquirida
iba a quedar a su nombre, yo resignaba mi parte asumiéndome como arrendatario,
ella a su vez dijo quererme bien, desearme lo mejor, etc. pero el caso es que
allí, esa madrugada, yo comprendí que la santarrita no fructifica en nidos,
sino que es una planta trepadora, que se adorna a sí misma, con flores carmesí.
Esa noche de nuestra despedida
con María Jimena, no pude dormir. A las seis de la mañana preparé el mate, abrí
la puerta de hierro, encendí la grabadora para escuchar ciertos sonidos previos
al hundimiento definitivo de mis mejores recuerdos, y mientras en la grabadora
sonaban aquellas cosas registradas la víspera, escuhé “zzzzz....”, “zzzz”...
Eran los colibríes. Octubre. Iban y venían y eran dos. Por aquella capsulita
torda, mimetizada con la enredadera, asomaban dos piquitos negros que nunca
había visto. Macho y hembra, padre y madre, iban y venían de las flores al nidito,
deteniéndose incomprensibles para inyectar néctar en aquellos piquitos
minúsculos. Suspendí a Eric Satie, que sonaba a mi gusto esa mañana, me bañé,
me vestí y salí en la bicicleta, encargándole al dóberman, como si pudiera
entenderme, que cuidase aquel nido. Había dejado abierta la puerta de hierro y
la radio encendida. No podía sacarme a mi mujer de la cabeza. Pedaleé toda la
mañana, hasta agotarme. Almorcé en un pequeño balneario de la cosa de Canelones
y emprendí el regreso.
Con muy bajo volumen en la radio
sonaba la “Patética” y en la habitación contigua a la salita un zumbido
estridente, como el de un abejorro, se interrumpía, sonaban los cristales de la
ventana cerrada como si alguien arrojase piedrecitas, y recomenzaba,
penetrante, acompañado de un “¡¡zzzzzz!!”... “¡¡zzzzzz!!” yo diría de
desesperación. Era uno de los colibríes, que sin duda había entrado por la
puerta y no acertaba a encontrar la salida. Por lo demás, los techos muy altos
quedaban por lo menos a un metro y medio de los dinteles y el animalito solo
atinaba a subir, volar en círculos y estrellarse contra la claridad de la
ventana. ¿qué podía hacer yo por él? Pensé en esos embudos de tul para cazar
mariposas. Pero ¿dónde hallar semejante cosa antes de que el pajarito se
matara?
Se me ocurrió arrimar un taburete
a la puerta de entrada y desde allí, trepado de modo que mi cabeza quedaba un
poco más arriba del marco de la puerta, más o menos a la altura por la que
volaba el piclaflor, con la mano derecha cerrada a la altura del pecho de modo
que solo quedaba extendido el dedo índice, empecé a imitar sus “¡¡zzzzzz!!”,
agregándoles breves íes que sólo expresaban mi propia angustia. Fueron apenas
unos segundos. El pajarito voló hacia mí, bajó, se posó en mi dedo índice y
salió disparado por la puerta, chillando de alegría. Su pareja acudió de
inmediato y sosteniéndose, quietos, vibrando en el aire bajo el tibio sol, los
vi besarse.
Y digo que sé de colibríes más
que muchos, porque no creo que mucha gente haya tenido a uno de ellos, posado
en su dedo índice, siquiera por un brevísimo instante. Su peso era el de un
alma.
De: “Por si el recuerdo” -Cuentos
- Alfredo
Zitarrosa
De: taringa.net

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