lunes, 2 de marzo de 2015

Filos que teje el Silencio (10 y 11)



















Adopción


Después de casi treinta años no lo reconocería, no sabría quién era... pero, al fin, los nudillos nostálgicos del hombre golpearon en la puerta entreabierta. Un silencio prolongado respondió desde el interior de la habitación.
Tumbas que retumban: los recuerdos de la infancia cuando corren de la mente al corazón.
A punto de irse, una enfermera lo retuvo por el brazo como a una última esperanza.
-Pase, caballero, por favor, ella lo está esperando.
-¿A mí?
-Aquí, todas ellas esperan.
La recordaba alta, morocha, siempre feliz. La que estaba ante él tenía el cabello blanco y mediría un metro cincuenta y pico, apenas; su voz también había cambiado: enronquecida y hosca le preguntó:
-¿Quién sos?
-Ramiro, el amigo de su hijo. En la infancia, claro. Tal vez no se acuerde.....
-¡Cómo no me voy a acordar de vos, Rodrigo!
-No, no, yo soy Ramiro, el amigo de Rodrigo. Sí – agregó sonriendo solían embromarnos con el parecido de los nombres. Era como un juego de palabras.
-¡Basta! ¡Basta de excusas tontas! ¿Por qué seguís ahí parado igual que una estaca? ¡Cuándo me vas a hacer caso, muchacho! Mirá cómo venís de la escuela: tenés la moña toda desatada y ¡qué mugre en esa túnica! Van a pensar que tu madre es una dejada.
Una alegría incontenible la había estimulado de pronto: iba y venía con pasos cortitos y rápidos; despiertas las manos, ágiles los dedos en un mundo imaginario de tazas, platos y preparativos culinarios.
-¡Cambiate y lavate que ya tengo la torta de coco y el chocolate caliente!
 “¡Ah!, la merienda de mamá al volver de clases, el aroma del café con leche recién servido, los cuernitos con grasa y los corazanes; hacían agua la boca y se disolvían en el paladar, en la saliva...” Y en las lágrimas que Ramiro no podía contener. Los apretones solidarios de vecinos y compañeros de trabajo todavía vibraban en sus hombros. “¿Qué vine a buscar aquí, mamá? Ayer me dejaste; ayer te dejé, sola, helada, envuelta en tantas flores sin perfume. Rodrigo tampoco está...”
Rodrigo estaba muy lejos: en la mente, en el corazón, en ese lugar de cualquier parte donde invariablemente se refugian los extranjeros.
Tumbas que retumban: los recuerdos de la infancia cuando corren de la mente al corazón.
-Mi velo de novia parece un estropajo, ¿lo ves, Cleotilde?
La señora se miró en el espejo, de donde sacaba sus recuerdos como de un baúl.
-Y el vestido me lo dejaste medio chingudo, me parece. Vení, Cleotilde, fijate. ¿Dónde pusiste....?
Angustiada, perseguía un tocado fugitivo de sus manos desde hacía mucho. Los pasos de Ramiro también huyeron; a pesar de aquella voz que tronaba “quedate”, los pasos querían salirse del juego y huían. “Es cierto que es un lugar lujoso, que está rodeada de enfermeras gentiles, mucho más gentiles cuando reciben el dinero girado... ¡Qué razón tenían cuando me lo contaban ayer! La mamá tiene Alzheimer pero Rodrigo la internó en un geriátrico...para que esté mejor cuidada, ¿sabe?”.
Le temblaban las piernas pero volvió, y los pasos eran livianos, apenas audibles, para esconder la vergüenza. En fin, había que sacar coraje de donde fuera; tenía que obedecer al instinto de sus manos, frustradas en el deseo de acariciar los cabellos plateados; tenía que arrojar de su cabeza la llamada de larga distancia, aquella búsqueda desesperada de acercamiento, aquella conversación con Rodrigo, a punto de recibir el ascenso de tu vida y claro, en este momento molestan las miradas indiscretas... ¿Qué está pasando con ella? ¿No te preocupa para nada?, con Rodrigo el bárbaro, que me dijo “No te metás, viejo” y me colgó sin piedad.
Tumbas que retumban: los recuerdos, cuando corren de la mente al corazón.
-Vos no te preocupes, ¿entendés? Total, ya pasó -decía la voz de la señora Romano-. Si no quisiste la torta de coco, no importa. Yo sé que a vos te gusta la torta de chocolate. Resulta que después me vino a la memoria que en casa siempre me la pedías; lo tuyo es el chocolate.
Una sonrisa satisfecha aflojó el rostro de Ramiro.
-El café con leche con los bizcochos de tu mamá te los puedo servir en el desayuno – prosiguió, mientras le guiñaba un ojo y sus dedos hurgaban papeles amarillentos y fotos dentro de una caja.
-¿Buscás algo? – dijo Ramiro, tratando de derretir el silencioso iceberg que los separaba.
-No, nada en especial. Todavía no sé bien qué es.
De nuevo la incomodidad a la que no quería acostumbrarse. También él buscó y encontró un bolígrafo en el bolsillo de su gabardina. No llegaba a entender por qué lo miraba extrañada cuando se lo entregó.
-¿No querés escribir algo?
-Te vas a enojar de nuevo, como la última vez que estuviste aquí y, la verdad, no quiero que discutamos más. Después recapacité y sé que estuve grosera. Pero ya no soy una metida, creeme. Tal cual dijiste, ya sos grandecito y sabés lo que hacés. Mejor olvidémoslo. Sí, eso, las cosas desagradables hay que olvidarlas.
-¡Caramba!, ¿por qué esa reacción? No, no es necesario que te pongas tan nerviosa. Yo no me voy a enojar por nada. Tranquila. Te lo mencioné porque creo que en un tiempo escribías.
-¡Qué pena que las cosas agradables también se olviden! –continuó la anciana con resignación.
-Si no querés escribir ahora, está bien, no hay problema. A lo mejor más tarde.- Y cuando le apretó los dedos para que la lapicera no se le cayera, Ramiro sintió que ella se liberaba, como si se tratara de una culpa a redimir.
-¡Ah!.. ¿Así que sirve para escribir? ¿Para eso era? No te enojes, por favor. - Muy quedamente continuó: -A veces encuentro cosas y no me acuerdo cómo se usan. Me pasa muchas veces cuando quiero cerrar la puerta.
-Entonces, vamos a bailar. ¿No habrás olvidado cómo se hace? -interrumpió Ramiro, carraspeando la garganta- Esto que tenés es un tocadiscos y sirve para eso, para pasar música. Y aquí están los viejos discos de pasta. Hum , ¡un vals! Bailemos un vals.
Acompasados, se intercambiaban sonrisas y complicidades secretas que sólo sus almas podían entender. Él la tomó de la mano y la hizo girar una vez; ella lo siguió con la memoria de la emoción. En el segundo giro, gratamente sorprendido, Ramiro no pudo menos que dejar bullir su imprevista alegría:
-¿Sabías que hoy es el día más importante de nuestras vidas?
El brillo en los ojos de la señora Romano no era el mismo; tampoco el tono de su voz:
-¿Por qué?
-Porque hoy estamos los dos: un hijo y una madre viviendo juntos este momento.
-¿Estaremos locos, Ramiro?
-¡Qué más da! Un poco de locura es el mejor remedio para aliviar el dolor, ¿no te parece?
Y mientras la dulce pareja baila, retumban las notas del vals en el corazón de la Vida.



Susana Matteo











Clarividencias


“El recuerdo, a veces, se puede tocar”.
Carlos Fuentes


-¡Mami! ¡No me digas que papá...!-desgajó el aire con pausada voz la niña, mientras incorporaba su cuerpito entre las tibias mantas con que su abuela había intentado protegerla del mundo.
La certeza se clavó como un punzón en el cerebro alelado de la madre y un torbellino de sonidos batalló por palabras. Pero tendió sus redes ese silencio seco que cae de la vida cuando la arrancan de pronto y de cuajo -un silencio boquiabierto, de ojos desorbitados y manos acalambradas- y las mujeres no pudieron escapar de él. Como fieras lastimadas se arrebujaron en la cama grande, esa guarida donde la familia nace, crece, gasta su carne y libera su luz. El abrazo fue interminable, casi como si alguien lo hubiese preparado para que durara por siempre.
Y hoy, todavía es siempre.



Ana Milán














para mayor información. ¡Gracias!

2 comentarios:

  1. Escritos profundos y sensibles... quizás llegan más por ser tan contestes con los tiempos que corren...

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  2. Hugo querido, un abrazo cálido como el que siempre nos depara al alma tu compañía.

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Gracias por tu interés